Diciembre 14, 2017

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La mafia venezolana

Noviembre 29, -0001

Como es de costumbre los últimos años, los delirios del necrófilo venezolano principal, Nicolás Maduro (quien se acostumbra a andar meses con los cadáveres, hablar con los muertos y dormir sobre las tumbas), provocan más pena que gracia. A decir la verdad y poniéndose en los zapatos de los venezolanos, poca gracia ha de provocar este caricaturesco personaje caribeño.

 

Los últimos días hemos presenciado más ataques de la histeria de lo habitual. En su afán de tapar el sol con un dedo y manipular a los ingenuos y a los tontos útiles (a los europeos, principalmente), Maduro, de boca de sus embajadas, vuelve a acusar - ¡cuándo no! – de mentirosos a los periodistas, a los políticos de oposición y a medio mundo, alegando “las afirmaciones tendenciosas e inexactitudes que suponen una injusta y excesivamente negativa representación del Gobierno Bolivariano”. No sé de los europeos, si lo han tragado o no, pero a los venezolanos que a diario pasan las penurias “revolucionarias” y a los que vivimos en la vecindad, en América Latina, no se nos puede engañar tan fácil con estos mamarrachos epistolares dirigidos a los medios de comunicación europeos.

 

Bueno, dejemos en la conciencia de estos diplomáticos “bolivarianos” de pacotilla con su conciencia, pero nadie puede olvidar a los centenares de muertos y a los miles de detenidos por órdenes directas de Maduro, los juicios arbitrarios fuera de cualquier legalidad y ni hablar de los vestigios de la otrora prosperidad económica venezolana. Volviendo a las histerias de Maduro: ya a nadie le sorprenden las pataletas del camionero y sus gritos injuriosos hacia los EEUU.

 

Estos días su nivel de espumosidad bucal sobrepasa los límites de lo normal al vociferar que impondrá las sanciones financieras a los EEUU (hasta suena ridículo eso) o cuando anunció hace un par de años que los estadounidenses necesitaban solicitar el visado para ingresar a Venezuela. Aunque Venezuela está en su derecho de imponer las visas a los países que desee e, incluso, prohibir la entrada a quien decida, pero este griterío de Maduro recordó el ladrido de un chihuahua a un elefante.

 

En primer lugar, y Maduro con su séquito diplomático-propagandístico lo evita mencionar, los EEUU han sido, son y serán a mediano plazo el socio comercial número uno de Venezuela, mientras que la importancia de este sufrido país caribeño para la economía estadounidense en bastante mísera, por no llamarla insignificante. Venezuela no entra siquiera entre los 10 socios comerciales principales de los EEUU.

 

Además, existe en Latinoamérica en general y en Venezuela en particular, sobre todo entre los burócratas y los que por gracia de destino llegan al poder, abrir sus cuentas bancarias en los bancos de tan odiados EEUU e invertir en las propiedades de tan despreciables Miami, Los Ángeles o Nueva York. Seguro, lo hacen con todo el asco del mundo. Y este “patriotismo financiero y económico” es el talón de Aquiles de la cúpula socialista venezolana.

 

Es por eso que Maduro echa espuma por la boca cuando los EEUU imponen el embargo y sanciones a los funcionarios venezolanos. La verdad, qué cómodo amar la patria y a Chávez teniendo los millones en los bancos más seguros del mundo e invertidos en la economía más grande y próspera del mundo. ¡Vaya patriotismo!

 

Dicho sea de paso, Maduro y sus “revolucionarios” no son los únicos patriotas-baratijas. Por ejemplo, la íntima de Maduro, Cristina Fernández, educó tan bien a su hija en materia de inversiones que esta se fue por lo seguro: propiedades en Nueva York. Correa estudió economía (o “estudió”, mejor dicho) en los EEUU, y no con los recursos propios. Los castristas también aman su patria desde los lujos…

 

En los propios EEUU el anuncio de que los yankees ya no podrán ir de shopping a Caracas provocó carcajadas. Exactamente lo mismo sucedió cuando Putin impuso “sanciones” a los EEUU y creó una “lista negra” de los funcionarios gringos a quienes vetó la entrada en Rusia y a sus paradisíacos balnearios (lo digo con sarcasmo, por supuesto). Sin embargo, lejos de las risas, la razón de esta medida de Maduro se va más allá. Parece que la verdadera razón no es morder a los estadounidenses – al fin, Maduro y sus asesores saben lo ridículo que sería esto – sino prohibir la entrada a los venezolanos que en su momento migraron la norte. Otra vez acciona contra sus propios ciudadanos, típico de los dictadorzuelos.

 

Los presidentes estadounidenses Barack Obama y su sucesor Donald Trump impusieron más sanciones a más burócratas venezolanos (pues sí, que guarden su dinero en su amada patria revolucionaria) y declararon Venezuela como una amenaza para la seguridad nacional.

 

A pesar de que es obvio que son sanciones a unas cuantas personas particulares, a sus cuentas y sus bienes, otra vez Maduro tiembla anunciando que los EEUU destruyen la economía de Venezuela. Recordando que los EEUU es el socio comercial principal de Venezuela, se puede afirmar (y esperar que así sea) que el gobierno corrupto y mafioso de Maduro ahora de verdad está en la cuerda floja.

Este año se cumplirán 100 años del establecimiento del primer estado de la dictadura socialista en la historia, como resultado de la revolución del 7 de noviembre de 1917 en Rusia. Al día siguiente, el 8 de noviembre, se celebra el XXVIII aniversario del derribo del Muro de Berlín en 1989, conocido en Occidente como el Muro de la Vergüenza. Este engendro totalitario fue erguido por el ejército de la Alemania Oriental (socialista), por orden soviética, en forma de una valla de alambre de púas, a traición, en la madrugada del 13 de agosto de 1961, y se le dio la forma que conocemos, de un complejo de ingeniería, durante los siguientes 10 años.

 

Es de resaltar que en los regímenes totalitarios las mayores aberraciones de la violación de los derechos individuales suelen hacerse de noche: las detenciones y fusilamientos arbitrarios en las purgas de Stalin en 1936; los allanamientos en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) durante los 75 años de la existencia del socialismo en Rusia, donde continúa esta tradición de la “nocturnidad”; los arrestos de los miembros de la oposición en Cuba; los ataques de los colectivos chavistas; al igual que la mayoría de los actos terroristas perpetrados por los grupos autodenominados guerrilleros a lo largo y ancho de América Latina.

 

En estos días mucho se escribe y se habla de cómo era la vida detrás del Muro, de su papel histórico en la caída del socialismo, de las razones de su derrumbe. Sin embargo, es importante recordar la relevancia del suceso para América Latina, plagada de grupos marxistas y de gobiernos populistas.

 

La Unión Soviética, muerta en 1986 y cuyo cadáver putrefacto por fin fue enterrado en 1991, era una fuente económica casi inagotable para muchos parásitos en el mundo. Su política exterior la llevó a ser el mayor Estado imperialista de la historia de la humanidad.

 

El éxito de la exportación –imposición– del socialismo a Cuba en 1961, como parte del plan de expansión llamado “yihad contra el capitalismo”, y la impresionante campaña mediática mundial que logró manipular a millones de personas, sobre todo en la América Latina achacada por la pobreza, todo ello permitió que la URSS continuara avanzando en el hemisferio occidental.

 

Los casos de Salvador Allende en Chile, apoyado ideológica y económicamente por el Comité de Seguridad Estatal soviético (KGB, por sus siglas en ruso), Maurice Bishop en Granada, a Daniel Ortega en Nicaragua; las guerrillas en Centroamérica, Colombia, Perú, Ecuador —estas aberraciones histórico-sociales no hubieran sido posibles sin el financiamiento soviético a través de Cuba y la expansión en América del entrenamiento ideológico por el castrismo— apéndice de la URSS en América.

 

No obstante, al derrumbarse el Muro de Berlín, los propios soviéticos entienden que habían sido embaucados por la Revolución de 1917 y que el mundo no era así como lo pintaba la agresiva propaganda. Desde 1986, la URSS, sumida en una crisis de la que le era imposible salir, reduce drásticamente la ayuda a los países del “tercer mundo”.

 

El presidente demócrata y anticomunista ruso Boris Yeltsin a partir de 1991 cierra todo el financiamiento a los regímenes totalitarios y a las guerrillas. Es allí cuando comienzan a derrumbarse los sistemas populistas construidos en América: Ortega pierde el financiamiento y pierde las elecciones; en Centroamérica las guerrillas, vencidas militarmente, dejan de existir, pero se infiltran en todas las esferas de la política; en Colombia las FARC recaen y buscan otras fuentes de ingresos (narcotráfico, secuestros, asaltos). El caso dramático de Cuba, cuyo PIB entre 1991 y 1993 cae más del 11% y provoca una crisis de su burlesca economía, muestra la imprudencia de ser una economía vividora de los demás, incapaz de generar los bienes por sus propios medios.

 

Parecía que el socialismo y todos sus derivados desaparecían paulatinamente, que la historia había probado lo monstruoso del totalitarismo, la planificación económica y del pan y circo. Es decir, de todo lo que no es capaz de respetar los derechos ajenos, del control total de las vidas de la gente y de sus destinos y, por consiguiente, de todo lo que no permite al ser humano progresar. Todo apuntaba a que el socialismo con todas sus vertientes debía ser borrado del mapa político del continente.

 

Pero la naturaleza humana suele ser contraria al sentido común.

 

A finales de la década de los 90 resurgen los politiqueros con los lemas populistas y consignas del “socialismo del siglo XXI”. La masa, ansiosa de oír que “si a alguien le falta es porque a otro le sobra” y receptiva a promesas de distribución de la riqueza —no generada por la producción industrial, base del socialismo según Marx, sino por la materia prima del continente—, permite el resurgimiento de la barbaridad socialista.

 

Es evidente el interés de los Castro en mantener el carácter parasitario de la economía cubana a costa del petróleo ajeno. Y es evidente que este interés llevó a los Castro a crear el chavismo en una Venezuela rica en materia prima y en los recursos naturales.

 

Asimismo, es innegable que el negocio particular de los Castro, el Petrocaribe, se ideó como una fuente alternativa al desaparecido Muro de la Vergüenza, capaz de mantener en la región la inestabilidad social y política –base del beneficio lucrativo de todas las metástasis del socialismo.

 

Quizá por la edad, pero a los Castro les importa muy poco que esta red tejida sea frágil e impertinente a estas alturas de la historia. Parece que todo tiene su precio, incluyendo la conciencia de los que siguen sacando provecho de la miseria y pobreza.

El mundo al revés

Julio 30, 2017

Tal parece que el fenómeno El Niño que se ha intensificado en los últimos veinte años, ha provocado cambios tanto en la salud mental de los políticos como en los preceptos morales, sociales e históricos de una gran parte de la población mundial. En otras palabras, el mundo se ha puesto patas arriba.

 

Lo que por lógica y ética es – y debe ser – malo y reprobable por los seres racionales, se empieza a considerar bueno y plausible. Lo que en los individuos con criterio provoca rechazo y vergüenza, en la masa provoca orgullo y satisfacción. Y peor aún: lo que debe ser juzgado y condenado, ahora es un trabajo “digno” y “respetable”. 

 

En el maravilloso mundo de la lógica y el sentido común los seres humanos buscan la libertad y allá sería impensable que en un país que sufrió 70 años de la dictadura más sangrienta la gente buscara a otro “amo”.

 

Pero en este mundo al revés hay una Rusia poblada en su mayoría por la masa descerebrada que implora a gritos la restauración de la dictadura, suplican para que el loco que la gobierna la siga maltratando. 

 

En el maravilloso mundo de la lógica y el sentido común sería imposible que Hitler volviera siquiera asomarse en la política mientras que en este mundo al revés los hay varios, que se jactan de la “democracia” en sus feudos: los fascistas Putin y Maduro que resultan ser más nefastos y esquizofrénicos que Hitler y Mussolini. Y solo en el mundo al revés un fascista como Putin que ataca constantemente a sus vecinos puede llamar “fascistas” a aquellos que defienden sus patrias. 

 

En el maravilloso mundo de la lógica y el sentido común los delincuentes y terroristas están tras las rejas. O, en el peor de los casos, aún están esperando ser procesados por los secuestros, asesinatos, asaltos, robos, destrucciones de la propiedad privada y estatal.

 

Pero en el mundo al revés los terroristas y asesinos son “defensores y defensoras de los derechos humanos”, reciben premios Nobel de la Paz, se autodenominan “escritores” y “periodistas”, escupen los productos de sus mentes podridas en la prensa en Guatemala, llegan a ser presidentes en Argentina, Nicaragua y El Salvador, abren sus negocios (oenegés y flacsos) con el dinero ajeno sin dar un palo al agua. En vez de estar tras las rejas, ocupan cargos de fiscales.

 

En vez de pagar el daño causado a la sociedad y al país, viven de las millonadas, producto de extorsión al estado (a los contribuyentes) como “resarcimiento por la desaparición” del primer esposo-terrorista de su esposa. 

 

En el maravilloso mundo de la lógica y el sentido común la historia es la mejor prueba de que las empresas estatizadas siempre (¡siempre!) son saqueadas por la gentuza politiquera y populista. Lo producido por las empresas estatizadas siempre (¡siempre!) es sinónimo de “estiércol” pero con el precio del estiércol pasado por las manos del rey Midas.

 

Pero en el mundo al revés los campesinos, manipulados por los “defensores de los derechos humanos” (véase el párrafo anterior), exigen la estatización de la energía eléctrica, creyendo, en su ingenuidad criminal, que va a ser gratuita. 

 

En el maravilloso mundo de la lógica y el sentido común los países ricos “enseñan a pescar” a los países que no han tenido la misma suerte por alguna que otra razón del destino. Incluso, el mago Carlos Marx, que vivía en su mundo de luz y color, aseguraba que el socialismo es la siguiente etapa del desarrollo después del capitalismo. La etapa más exitosa, próspera y justa. Por lo tanto, según las conjeturas del nigromante germánico, las sociedades socialistas debían tirar como animales de carga a las sociedades capitalistas para sacarlas de su “desgracia individualista”. Dicho de otra manera, los gringos deberían salir nadando de su infierno y esclavitud a la isla de “la libertad”. Se equivocó claramente. 

 

En el maravilloso mundo de la lógica y el sentido común los niños son fruto del amor de sus padres. En aquel lejano universo la cantidad de niños es señal de prosperidad; los niños son traídos al mundo con la clara visión de la posibilidad de ofrecerles una niñez feliz, un futuro prometedor y una educación.

 

Pero en este mundo matraca los niños parecen ser el fruto del odio y la carga pesada para sus progenitores. La cantidad de los niños en la gran parte de las familias es el símbolo de la pobreza, el cheque seguro para los efímeros programas de la “cohesión social”. O, si se les envía solos a los odiados EEUU, son una fuente de ingresos a secas. 

 

En el maravilloso mundo de la lógica y el sentido común… 

Rusia, agobiada desde siempre por los caprichos de sus autoritarios líderes del momento, está pasando por la peor crisis de los últimos 17 años. Desde que Vladimir Putin asumió el poder en 1999 toda su política interior se ha enfocado en la manipulación a partir del populismo y mentiras lo que le permitió terminar con las pocas libertades que existían en aquel país, sin que la masa, acostumbrada a ser manipulada, se diera cuenta.

 

Desde hace unos años, al perder el apoyo de las potencias mundiales y al ser expulsada del G7, Rusia busca alianzas con los países en vías del desarrollo, entre ellos, con América Latina. Hace dos años, el 24 de marzo del 2015, el ministro de relaciones exteriores de Rusia Serguei Lavrov realizó una visita a cuatro países de América Latina.

 

Las primeras dos paradas las hizo en los países simbólicos para ver el tipo de relaciones que tiene Rusia con nuestro continente: Cuba y Nicaragua. Después siguieron dos aliados más cercanos del “enemigo eterno” de Kremlin: Colombia y Guatemala. En esta última Lavrov organizó una reunión con los cancilleres del Sistema de Integración Centroamericana (SICA), que aglutina a 7 países de subcontinente (además de Guatemala, incluye Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá) y la República Dominicana. Se gastó un sinfín de papeles para firmar documentos conjuntos de “intenciones”, sin embargo, han pasado dos años y se hace notorio de que aquella visita del propagandista del Kremlin fue más un viaje turístico y de sondeo lleno de promesas y de juramentos de la “amistad” y de “apoyo”, típicos de toda la política exterior de Rusia en América Latina.

 

A decir la verdad, no le costó mucho trabajo a Putin convertirse en otro protodictador a los que los rusos ya están acostumbrados. Son tres los factores principales de la actual crisis que se vive en Rusia. Las nefastas políticas económicas del gobierno ruso, basadas en una corrupción de tamaño inimaginable hasta para América Latina, han demostrado la completa incompetencia e incapacidad de Putin y de sus ministros en materia de administración de un estado.

 

El segundo factor está relacionado con una esquizofrénica idea de Putin, apoyada por la Iglesia Ortodoxa, sobre el papel de ombligo del mundo que, según ellos, juega Rusia en el mundo y, por ende, provoca la envidia del Occidente. Esto, a su vez, repetido miles de veces se ha convertido en una verdad absoluta para la masa rusa.

 

Así Putin, con el apoyo de la iglesia – que parece más una secta totalitaria – y con la ayuda de su ministro de relaciones exteriores (aunque debería llamarse “de propaganda”) Lavrov ha logrado unir a la gente alrededor de una idea enfermiza fija: todo el mundo, encabezado por los EEUU, desea, ansía y añora borrar Rusia del mapa. Esta estrategia de crear un enemigo para manipular las masas es bien conocida. Y es la misma estrategia - de presentar los EEUU como enemigo – utilizan los Castro, Ortega y Chávez-Maduro con sus súbditos. ¡Qué coincidencia!

 

El tercer factor, quizá el más importante entre las causas de la crisis social y económica de Rusia, es la constante violación del derecho internacional por parte de Kremlin. Si en 2008, cuando Rusia atacó Georgia y ocupó ilegalmente dos provincias georgianas – Osetia del Sur y Abjasia – el mundo se indignó, pero no hizo absolutamente nada. A los gobiernos del mundo y a la ONU les pareció este hecho aislado, se lo perdonaron a Putin y con esto le dieron la luz verde para seguir atacando a sus vecinos.

 

En 2014 Rusia invadió a traición, aprovechándose de la crisis interna en Ucrania (país que siempre había sido el aliado más cercano y fiel de Rusia, al igual que lo había sido Georgia hasta que Rusia le clavó el puñal en la espalda), ocupo y anexó ilegalmente y bajo pretextos ridículos si no estúpidos la península de Crimea y, además, desató una guerra en el Este de Ucrania.

 

Ambos delitos – la invasión militar de Crimea y del Este de Ucrania – fueron negados por Putin y su camarilla, sobre todo por su propagandista y perro guardián más fiel, Lavrov, quien desde hace más de tres año a través del canal televisivo al estilo goebbeliano RT (Russia Today) y la ONU, por medio del recientemente fallecido embajador ruso, Vitaliy Churkin, han mentido al mundo entero sobre la participación de su país en la guerra ucraniana y en el robo de Crimea.

 

Sin embargo, el propio Putin los dejó a sus defensores en evidencia: la semana pasada uno de los canales estatales de TV rusa emitió un documental en el que Putin, además de aceptar que las tropas rusas invadieron Crimea antes de ser anexionada, aseguró que estaba dispuesto a usar las armas nucleares contra Europa Occidental y contra los EEUU. Y aunque Putin, a pesar de todas las evidencias, sigue negando lo obvio – la participación del ejército ruso en la guerra en el Este de Ucrania – el martes 24 de marzo del 2014, los mismos terroristas rusos en Ucrania difundieron la información de que un alto mando del Estado Mayor de Rusia resultó estar bajo un bombardeo en Ucrania.

 

Todos estos delitos de Kremlin en Ucrania serán objeto de demanda que el gobierno ucraniano está preparando para presentar ante el Tribunal Internacional de La Haya, así que hay esperanza de ver a Putin en el banquillo de los acusados y condenados por los crímenes de lesa humanidad, aunque la historia ya los ha condenado. Ahora bien, la pregunta más importante hoy es: ¿qué intereses tiene Rusia en América Latina?

 

Los países y los gobiernos latinoamericanos, que aún no han caído en las garras putinescas, deben pensar bien en las alianzas con un país cuya historia ya ha mostrado que Kremlin es sinónimo de “traición”. Traiciones de sus vecinos y sus aliados más cercanos desde las épocas remotas. Para no ir muy lejos, recordemos la división de Europa que hicieron dos criminales más grandes del siglo XX, Stalin y Hitler, cuando la URSS (cuya heredera es la Rusia actual) invadió a sus vecinos, no olvidaremos las constantes amenazas e invasiones de Finlandia, Hungría, Checoslovaquia, Afganistán, entre otros, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y de Georgia y Ucrania en el siglo XXI. Y una muestra más: el pasado 23 de marzo el embajador ruso ante Dinamarca amenazo a este país con los ataques nucleares.

 

Vamos a ver qué otra mentira nos presentará Rusia en su afán por dominar América Latina y quién será el siguiente traicionado por Kremlin.

A estas alturas de la historia de la humanidad, con el predominio de la tecnología, la dificultad de procesar toda la información obtenida a diario, a cada momento, puede resultar frustrante.

 

La pereza mental es un peligro para cualquier persona. Uno de sus efectos es la simplificación y limitación analítica que sustituyen el análisis por el “me gusta” o “no me gusta”. Estos efectos eliminan la verdadera valoración de los objetos, procesos, ideas y no permiten tomar las decisiones justificadas.

 

Una de las causas que llevan a estos efectos es la sobredosis informativa a la que estamos sometidos en las últimas décadas.

 

Los especialistas psicólogos afirman que cada día es más difícil lidiar con el exceso de la información. El escritor estadounidense Alvin Toffler en su libro “Future Shock” (1970) predijo este efecto y le puso el término de “sobrecarga informativa”. Resulta que con la gran cantidad de la información que debemos procesar, el cerebro comienza a fallar y a negarse a analizar todos los datos y esto nos dificulta tomar decisiones en general o tomar decisiones correctas y precisas en particular. Aún si la persona logra tomar una decisión, inicia el martirio psicológico de obsesionarse con la idea de si la decisión es correcta o no.

 

La científica estadounidense Sheena Iyengar, profesora e investigadora en la Columbia Business School, una de las especialistas en la toma de decisiones de más autoridad en el mundo, en su libro The Art of Choosing, analizó el proceso de la búsqueda del trabajo por los estudiantes universitarios. El resultado comprobó la hipótesis expuesta arriba: cuánta más información procesaban los estudiantes, cuánto más se enteraban sobre la compañía donde querían trabajar, los sueldos, su ambiente corporativo; menos estaban contentos con su elección. La duda carcomía a los postulantes: ¿acaso es un buen trabajo?, ¿qué tal si el trabajo que rechacé para aceptar este habría sido mucho mejor?

 

Es difícil si no imposible localizar la verdad en este huracán informativo. La situación es semejante a las redes sociales en internet donde cada uno habla de lo que le da la gana, lo que siente, presenta “su verdad”, sus versiones, sus valoraciones, y, sin embargo, es un trabajo mental titánico separar la verdad de lo imaginario, de lo falso o de lo exagerado.

 

Este fenómeno, denominado por los especialistas “twitterización de la cultura” (o “facebookización”), ha revolucionado la mente de millones de las personas en todo el mundo, los ha vuelto adictos a los dispositivos electrónicos móviles para estar al tanto de lo que pasa en la internet casi 24 horas al día.

 

No obstante, reconozcamos que también ha traído bastante beneficio tanto económico (más producción de estos aparatos significa más puestos de trabajo y más impuestos), tanto político (las últimas revoluciones en el mundo árabe, las manifestaciones en varios países, cuando la gente ha sido convocada en pocos minutos, y los demás han podido seguir en vivo estos acontecimientos vía redes sociales), como educativo (a través de la tecnología la educación a todos los niveles ahora es universal, las distancias no existen y la calidad ya no depende solo de qué tan lejos está la escuela o la universidad del “centro de la civilización).

 

Pero, en este flujo de los datos contradictorios perdemos los detalles, perdemos el tiempo tratando de enfocarnos en las cosas de poca importancia y, como resultado, se nos olvida el objetivo de la búsqueda. En lugar de desarrollar la memoria y las capacidades analíticas, el cerebro trabaja solo para percibir la información y “se recalienta”, absorbiendo más información de la que es capaz de procesar. Todo ello lleva a las consecuencias cognitivas desastrosas.

 

La profesora Johanne Cantor, directora del Centro de las Investigaciones de la Comunicación de la Universidad de Wisconsin-Madison, en su libro Conquer Cyber Overload: Get More Done, Boost Your Creativity, and Reduce Stress asegura que dejar entrar en la cabeza la información sin cesar crea un exceso que impide el razonamiento. Según la psicóloga, es preferible salirse de este flujo cibernético y tomar un receso lo que permitirá que el cerebro, a nivel de subconsciente, acepte la nueva información y la integre en los conocimientos ya adquiridos previamente.

 

Es imposible evitar analizar toda la información que percibimos a cada momento, por eso la única manera de protegernos es aprender a oponernos a los flujos de la información innecesaria. Basta preguntarnos si en realidad nuestra vida cambiará si dejamos de consultar a cada rato las redes sociales en lugar de pasar más tiempo en compañía de nuestros padres, hijos, amigos, o en lugar de leer un buen libro.

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