Enero 18, 2018

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Alejandro Maldonado

Alejandro Maldonado

Director de Marketing del Diario de los Altos. Modelo 79; entrepreneur, amante del marketing, del café guatemalteco, del vino tinto, de las guapas mujeres y de la marimba. Cree en la libertad y la defiende sabiendo que puede perderla en el intento. amaldonados@diariodeloslatos.com

Recibí un WhatsApp de mi amigo Miguel, (Mick pa´los cuates) diciéndome que pensaba venir a Xela a celebrar su cumpleaños y que si íbamos al tributo a The Doors que se realizaría en un local del centro histórico de Xela el fin de semana. No soy mucho de seguir bandas tributo, pues si bien es cierto que tratan de rendir homenaje a alguna banda o cantante en particular; sigue siendo una banda de covers y nada mejor que escuchar al grupo original. Sin embargo, dado que teníamos un buen tiempo de no vernos con Mick, acepté la invitación. Charlar con tus amigos, recordar viejos tiempos, escuchar algo de buena música y un par de cervezas nunca caen mal, pensé.

 

Llegamos alrededor de las 8:30 al local y para mi sorpresa ya estaba lleno. No encontramos mesas disponibles, así que tuvimos que buscar un lugar que nos permitiera tener una mejor visión del espectáculo. Media hora saludando cuates, ordenando algo para beber, ir al sanitario, escuchar la música de ambiente o echarle un ojo a una que otra patoja de buen ver y tantear el terreno para abordarla. ¿Quién sabe, quizás la noche me tenga preparada alguna sorpresa?

 

Nueve en punto de la noche. Se apagan las luces, se empieza a escuchar el rasgueo a las cuerdas de una guitarra eléctrica, afinar los bajos y se escucha al fondo ruidos de baquetas y tambores. Aparece en el escenario la figura de una chica rubia de porte extranjero y dos peludos y barbudos con pinta de rockeros. Genial, el tipo de ambiente que me gusta. Entre covers de The Beatles, Layla Roots (se llama la banda) prendieron al público y pusieron a bailar a uno que otro chato.

 

Diez en punto y Layla Roots toca la última rola del set list; pero no contaban con que el público les pediría la clásica rola de ajuste: “otra”, “otra”, “otra” gritábamos todos al unísono. Y nos complacieron.

 

Se empieza a ver el clásico movimiento de una banda de rock previo a subirse al escenario. Un peludo de ojos azules y porte de chico malo se bebe una chela a fondo; mientras los demás empiezan a ser alentados por sus parejas. Casi todos vestidos de negro, inclusive las guapas acompañantes femeninas que no pueden faltar en toda banda de rock que se precie de serlo.

 

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Se ve a los músicos subiendo al escenario y cada uno empieza a colocarse en su respectivo lugar. Y el rasqueo de la guitarra hace retumbar el local. Arrancan con un poema de Jim Morrison, seguido de “Hello i love you” y no puedo evitar empezar a mover la cabeza y el cuerpo, a la vez que todos los presentes empezamos a entonarla al unísono. Le siguen “Soulkitchen”, “Love me two times”, “Changelling”, “Gloria”, “Whisky Bar”, “Back Doorman”,  “Roadhouse Blues”, “Riders on the Storm” y el público delira.

 

Para ésto ya me he acercado al escenario y tomo algunas fotografías y videos. Me mezclo entre el público. Todos cantando, bailando, sacudiendo la cabellera o el cuerpo y uno que otro entregado al mosh. No pude evitarlo y me uní a ellos.

 

“Been down so long”, “Love her Madly” y “Ghost song” siguen al repertorio y cada vez más los asistentes se muestran eufóricos. Llega el turno de “L.A. Woman”, “Five to one” y “Break on through” y ya el ambiente es psicodelia pura. Volteo a ver a todos lados y me percato que dentro de los asistentes hay jóvenes que apenas aparentan dieciocho años, parejas de esposos que viajaron desde la capital, gente de otros departamentos, señoras de más de cincuenta años, en fin, una amalgama de amantes de ésta banda que pareciera atemporal.

 

“Light my fire” nos pone a todos en estado catatónico y para eso, Chazz, el vocalista hace gala de sus dotes histriónicos y se embelesa en un suculento y exquisito performance, emulando al extinto Mr. Mojo Risin y se baja del escenario a bailar con el público. Éxtasis total.

 

 Faltaba la guindilla en el pastel. Y llegó justo con la magistral interpretación de “The End”. Apoteósico.

 

Sin embargo, el público aún pedía más y no pudo faltar: “People are Strange” para culminar una velada por demás excelsa.

 

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The Doors of Perception, la banda guatemalteca que rinde tributo a la icónica The Doors está integrada por Chalo, baterista; Gilberto, guitarrista; Filo, bajista, André, Tecladista y Chazz, vocalista. No podía perderme la oportunidad de conocerlos y compartir un momento con ellos para conocer su trayectoria.

 

Nos reunimos en un bar del centro histórico Filo, Laura, su novia; André y yo. Al filo de las cinco de la tarde, una fresca tarde de domingo, nos apeteció una cerveza. Mientras yo preparaba la grabadora de audio del celular, André servía los vasos de refrescante y espumosa Cabro; faltaba más.

 

Filo tomó la iniciativa de responder a la pregunta ¿Cómo es que llegaron a Xela? Dijo que hubo varias pláticas con muchas personas pero que debido a la informalidad y falta de seriedad de los interesados en organizar el evento; no habían llegado a concretar nada. Que Sara (vocalista de Layla Roots) los había contactado vía Twitter y que ahí empezaron a organizar el toque. Primero ellos vendrían a la capital a tocar con nosotros y luego nosotros iríamos a Xela a tocar con ellos. “Creo que entre artistas nos comprendemos mejor y sabemos lo que cuesta organizar un concierto. Las empresas salen ganando con los eventos, pues ellos son los que ponen el lugar, cobran el cover, venden la chela y obtienen ganancias; pero es muy difícil que valoren el esfuerzo y trabajo que los músicos hacemos y muchas veces hasta nos piden que toquemos gratis; según ellos para darnos a conocer”.

 

Si, interviene André; si el evento sale bien, ellos se lucen; pero si sale mal le echan el muerto al grupo o al artista. Es muy complicado el panorama del Rock en Guatemala. Ya no hay espacios decentes para montar un buen toque, con el cese de la programación Rock de la radio “La Marca” en 2,007; la escena del movimiento fue mermando. Cada vez fueron más escasos los eventos que aglutinaran gente y se reunieran varias bandas a tocar; contrario a lo que sucedía en los 90´s, dónde todos se conocían, organizaban toques y tocaban juntos. Eso, junto a la muerte de Andrade y la separación de Bohemia (Suburbana) fueron algunas de las circunstancias que hicieron que el movimiento perdiera fuerza.

 

Ahora, la cosa parece distinta. Emergen varias bandas de rock nuevas y con mucha calidad. Estamos viendo cómo las bandas grandes integran a las pequeñas en sus toques y las ayudan a darse a conocer. Bohemia ha venido haciendo eso y la respuesta del público ha sido excelente; comentó André.

 

¿Y cómo vieron el toque de anoche en Xela?

-Uffffff, creo que ha sido uno de los mejores toques que hemos tenido. Manifestó Filo. El público entregado; cantando, bailando y mosheando; algo que ya no he visto en muchos de los toques que generalmente damos. Una muy buena vibra y la energía que nos transmitieron se sintió. Al final, uno como artista es lo que se lleva; el reconocimiento, el aprecio y el aplauso del público; sobre todo uno tan culto y exigente como el de Xela. Eso no tiene precio.

 

¿Y ahora qué sigue?

Pues queremos incursionar en el mercado centroamericano y organizar toques en toda la región; porque también muchas bandas guatemaltecas son bien recibidas, en El Salvador, Honduras y Costa Rica. También nos encantaría tocar en el “Whisky a Go Go” en Los Angeles; pues fue el bar dónde The Doors empezó a ser leyenda. Luego Inglaterra y ¿quién sabe? Quizás conquista Europa; expresó Filo. Todos reímos y bebimos un sorbo de cerveza.

 

¿Qué le dirían a las nuevas bandas o qué consejo les darían?

Pues prepárense muchá; estudien, aprendan y esfuércense por mejorar cada día. Sean serios, formales y responsables, pues eso dirá mucho de ustedes. Si alguien les dice que en Guatemala los músicos se mueren de hambre, pero si ustedes traen el arte y el talento en la venas; luchen por perseguir sus sueños; no va a ser fácil, pero con constancia, disciplina, determinación y con mucha calidad; seguramente lo van a lograr; comentó André.

 

Les agradecí el tiempo, la entrevista y la cerveza. Nos quedamos platicando de muchas cosas más; como si fuéramos conocidos de hace mucho tiempo. Ya pasaban las seis de la tarde cuando dijeron que se debían retirar pues el viaje a la capital podría ser un poco agotador; pero recordamos que el paso infernal por Chimaltenango es más fluido mientras más avanzada sea la noche; así que sugirieron compartir otra cerveza; pero ésta vez una artesanal obscura. Obviamente no me negué.

 

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LUIS ARRIAZA

 

Nos despedimos mientras intercambiamos números y la promesa de seguir experimentando y probando nuevas y deliciosas chelas.

 

Un gran gusto compartir con ustedes The Doors of Perception.

Nací en Momostenango, Totonicapán el seno de una familia de clase media baja, ambos padres maestros de profesión pero por distintas razones ejercieron muy poco su profesión; de ascendencia mestiza; crecí sin muchos privilegios, más bien mi infancia se desarrolló entre carencias económicas y muchos períodos de escasez en el hogar. Mi infancia y adolescencia tuvo lugar en San Lucas Tolimán, Sololá y Momostenango; mis padres desempeñaron muchos oficios para brindarnos a mis hermanos y a mi alimentación, techo, salud, educación, vestuario y lo básico para nuestra subsistencia.

 

En el colegio no puedo decir que haya sido muy brillante, siempre fui el chico problema porque no encajaba en ningún grupo. Por un lado, algunos de mis compañeritos  “ladinos” pudientes me rechazaban porque muchas veces vieron a mi madre en su casa ofreciendo los productos que sus laboriosas manos preparaban para obtener algunos ingresos para el hogar; fui objeto de burla por eso y porque vestía ropita sencilla y en ocasiones de segunda mano que personas bondadosas regalaban a mis padres para que pudiéramos tener al menos mejor presentación.

 

Por otro lado, fui rechazado por mis compañeritos “indígenas”; puesto que mi color de piel, mi apellido y la ropa que usaba era diferente a la de ellos (si supieran que era regalada). Mi mamá dice que ustedes son malos; era una de las frases que les escuchaba decir constantemente. Yo no entendía qué pasaba. Sólo opté por encerrarme en mis pensamientos y no involucrarme del todo con los demás. Fui un patojo diferente si, solitario, problemático y rebelde.

 

Conforme fui creciendo, constantemente escuchaba frases como: “A los indios dales la mano y te agarran las patas” o “No tiene la culpa el indio sino quién lo hace compadre”; por el lado de los ladinos; y otras como: “El ladino si no es aprovechado no es ladino” o “Ladino creído y ni pisto tiene” del lado de los indígenas. Esto me presentaba un panorama dicotómico, puesto que mi confusión se debía a que no sabía a quién creerle o por lo menos, fueron frases que calaron en lo más profundo de mi subconsciente y me hicieron mucho daño a la hora de relacionarme con las demás personas; siempre estuve a la defensiva, esperando ser engañado, usado, marginado o estafado por un bando o por el otro.

 

La cosa se complicó cuando llegué a la adolescencia y me empecé a interesar por las mujeres. Quizás por mis instintos masculinos me llamaban la atención por igual indígenas y ladinas. En casa o en pláticas con amigos siempre escuché decir que las costumbres no son iguales, que terminaría siendo engañado por una indígena, que eso no ayudaría a mejorar la raza, que si me metía con una india tendría que aguantar malos olores y cosas muy despectivas.

 

Fue cuando empecé a construir mi identidad y alcanzar cierto grado de juicio y madurez, que decidí mandar a la mierda los prejuicios estúpidos y me lancé a ir tras de mi felicidad. Sea “india” o “ladina” no me interesa. Si me hace feliz a mí, me viene sobrando si a los demás les gusta o no. Tuve novias que se podrían catalogar como indígenas, debido a sus apellidos o vestuario (cosa más estúpida). No me importó si me recibían en su casa vestidas con su traje típico o si íbamos por la calle o por un café de la misma forma. Importaba lo que yo sentía y lo que las personas que me conocían pensaran, ya era clavo de ellos. Yo era feliz.

 

Al ir desarrollando la relación con ellas, me fui percatando de ciertas actitudes que me confundían. Me evadían; ya no querían que saliéramos tan frecuentemente y muchas veces hasta me ocultaban de sus amistades. Al preguntarles qué pasaba, me respondían casi de la misma forma: “No sé qué va a pensar la gente de nuestra relación” “es que tus amigos se burlarán de mí, de mis apellidos o de mi vestimenta” o “si tenemos hijos, ¿cómo los vamos a criar, con tus costumbres o con las mías? ¿Qué religión vamos a tener? ¿Por qué iglesia nos vamos a casar? Y cosas así, que a mí me parecían realmente estúpidas.

 

Entonces lo comprendí. Xenofobia y etnocentrismo. De ambos lados desde luego.

 

En Guatemala, el racismo, la discriminación racial y la intolerancia están profundamente arraigadas y son una realidad en la actualidad. El relator especial de las Naciones Unidas Doudou Diène manifestó: “éstas prácticas son expresión de una penetración secular de los prejuicios que han marcado la historia de este país, la cultura y las mentalidades, y que se han magnificado con los trágicos sucesos del pasado reciente del país, que culminaron con el genocidio de los pueblos indígenas. La realidad económica y social de Guatemala se caracteriza por un desarrollo desigual entre las llamadas poblaciones “ladinas” y los pueblos indígenas y de origen africano que da fe del carácter estructural y sistémico de la discriminación. (El racismo, la discriminación racial, la xenofobia y todas la formas de discriminación)”.

 

Analicemos entonces los conceptos de “xenofobia” y “etnocentrismo”:

 

Xenofobia: tiene como ideología el rechazo y exclusión de toda identidad cultural ajena a la propia, a todo lo que sea distinto y desconocido. En ella sobresalen los prejuicios históricos, lingüísticos, religiosos, culturales, e incluso nacionales. La xenofobia es un miedo antiguo, no es innato, sino que es un elemento de las formaciones egoístas y también de las aceptaciones del lenguaje, desde muy pequeño el ser humano ha sabido diferenciar lo suyo con respecto hacia lo demás.

 

Etnocentrismo: Actitud del grupo, raza o sociedad que presupone su superioridad sobre los demás y hace de la cultura propia el criterio exclusivo para interpretar y valorar la cultura y los comportamientos de esos otros grupos, razas o sociedades.

 

Así, vemos el racismo como esas valorizaciones, actitudes y prácticas que justifican la dominación y agresión; además promueven  la segregación, estereotipos, exclusión, invisibilidad,  prejuicios, marginación, burla y omisión de un bando a otro.

 

Pero ¿de dónde nacen éstas prácticas? Creo que toda nuestra etnografía o sistema de pensamiento y comportamiento tiene su origen en la sociedad en la que hemos crecido y nos ha moldeado de tal forma que damos por normales dichas acciones. Ya lo decía Rousseau: El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe.

 

Por mi parte, yo sigo creyendo que la ignorancia, la homofobia y el racismo se curan leyendo, viajando y amando. Dejemos de usar calificativos para definirnos; nos llamamos de muchas formas canches, inditos, negros, chinos, ladinos, colochos, flaco, gringos o judíos. ¿Para cuándo nos llamaremos simplemente humanos?

Como algunos de ustedes saben, soy adicto al café guatemalteco. Me encanta el olor que despide la cafetera o la prensa francesa en las mañanas y nada se compara con el primer sorbo a una buena taza caliente y fuerte de éste elixir de los dioses.

 

Pues en esas estaba ayer, realizando el ritual matutino de calentar el agua y preparar los recipientes necesarios para la elaboración de la perfecta taza de café; cuando recibo una llamada a través de la aplicación de Facebook. Era mi amigo Ovidio, a quién tengo casi dos años de no ver, pero que se tomó la molestia de llamar para saludarme y nos quedamos charlando por hora y media; me contó que se casó, se mudó al oriente del país, que ya tiene una nena y las labores que realiza para ganarse la vida.

 

Luego del protocolo de costumbre, me dijo que simpatizaba mucho con las publicaciones que he hecho y me felicitó por –según él- seguir diciendo las cosas como se deben decir; sin anestesia ni doble moral. Pues no lo puede evitar –le dije- es algo que como vos sabés, he hecho desde que era pequeño y muchas veces me he metido en grandes clavos por ser sincero e ir directo a la yugular.

 

Me comentó también que ha estado al tanto del acontecer político en Guatemala y de cómo cada día éste clima de ingobernabilidad nos recalca que vivimos en un Estado fallido.

 

Y no es que quiera hablar mal de mi país, me expresó. Es que simplemente es frustrante ver cómo los funcionarios y empleados públicos pareciera que se han confabulado para no sacar a Guatemala adelante. Prueba de ello es el Congreso me decía. Vemos como 158 ineptos, “electos” por la población, sólo llegan a sentarse, a dormir, a casaquear traídas por WhatsApp, o jugar Candy Crush en las reuniones del pleno; no saben ni conocen de leyes, ni del buen arte de gobernar. No mano, esta mara entró por un loterillazo debido al perverso y disfuncional sistema electoral del país. Con razón se oponen a abrir los listados y que la elección de los “padres de la patria” sea uninominal y promover reformas estructurales a la Ley Electoral y de Partidos Políticos; porque seguramente, ellos mismos pondrían el cuello bajo el hacha y sin lugar a dudas, rodarían sus cabezas.

 

Hoy, al ver las noticias en las diferentes plataformas digitales nos enteramos que los muñecos se niegan a seguir sesionando si no se les hace efectivo el pago del Bono 14 correspondiente a Q29,150.00; pese a que los hallazgos de la Contraloría General de Cuentas estipuló que éste debe darse a partir del salario base de un diputado que asciende a Q9,500; por lo que debe pagárseles en función de éste y no sobre los Q9,600.00 que reciben por dietas ni los Q 5,000.00 que reciben por gastos de representación. Además, ésta legislatura, debe devolver el Bono 14 y el Aguinaldo recibidos íntegramente el año anterior. Cosa que los muñecos rechazan rotundamente.

 

Me parece una desfacha y absoluto descaro que siendo evidente la improcedencia del artículo 1 del Decreto 42-42 de la Ley de Bonificación Anual, el cual indica que todos los patronos, sean del sector público o privado, deben cumplir con el pago de ésta prestación anual a sus trabajadores; equivalente al 100% del SALARIO ORDINARIO devengado mensualmente; siempre y cuando el trabajador haya permanecido en su puesto por un año completo o prorrateado en función de los meses que lleva laborando en la empresa o institución.

 

Ahora, yo me pregunto: ¿Será procedente pagarles a los muñecos por un trabajo que es evidente no realizan? ¿Qué dadas las condiciones en las arcas del país, éstos parásitos aún quieran seguir desangrando a Guatemala, a sabiendas que ya no puede más? ¿Será sensato que los mismos “legisladores” desconozcan las leyes en materia salarial y laboral? ¿Será buena idea seguir erogando un pistal para mantener un sistema político viejo y disfuncional? ¿Será que por nuestra apatía y falta de amor por nuestra patria sigamos aguantando éste y otros vejámenes perpetrados por quiénes dicen “gobernarnos”?

 

Definitivamente, el país se hunde y muchos de nosotros parecemos zombies expectantes en primera fila de cómo día con día, el país se termina de ir a la mierda.

 

Ups, perdón por la vulgaridad. Me alteré.

Me despierto algo tarde para asistir a una reunión; así que mientras preparo café y algo rápido para desayunar; veo las notificaciones en la pantalla del celular, 83 mensajes en WhatsApp, 8 de Instagram, 21 de Facebook, 4 de Twitter y 2 de Telegram. Ya sé, soy un tecnodependiente; como todos a los que nos tocó vivir en ésta época; creo.

 

Luego de responder los chats, ingreso a ver las notificaciones en Facebook y regreso al “Time line” a enterarme de los últimos chismes, ver en dónde cenaron o desayunaron mis contactos, quién terminó su relación, cuántos andan de viaje y por dónde, quiénes están estresados por las clases, o hasta las clásicas cadenas de oración para que la abundancia llegue a tu vida.

 

Sigo dándole sorbos a la taza de café mientras mi cerebro piensa en las palabras justas que debo pronunciar frente al cliente: “No debe parecer que le querés vender a la fuerza” “Podrías manejar un porcentaje más bajo para poder negociar” “Si el pedido es mayor podría darles un porcentaje adicional de descuento” y mil tácticas de negociación que se me cruzan por la mente en ese momento.

 

Ya la taza va a la mitad y yo pareciera que no termino de despertar.

 

Sigo pasando el dedo sobre la pantalla del teléfono, cuando de repente veo una imagen algo grotesca. En el titular resalta: “Cambiando Guatemala a través de la moda artesanal”; en ella aparece una mujer rubia de unos 30 años luciendo altiva con un vestido verde floreado y accesorios con detalles característicos de los trajes típicos elaborados y confeccionados por mujeres artesanas mayas de nuestro país. A los lados; en segundo plano, aparecen las imágenes de algunas mujeres mayas exhibiendo algunos productos elaborados artesanalmente; se deduce que son artesanas y vendedoras de esos artículos. En la foto, se puede percibir un aire de altanería y arrogancia de parte de la mujer del encuadre central; mientras que la participación de las demás mujeres puede percibirse como puramente decorativa, folklórica, autóctona, pintoresca; como siempre ha sido utilizada la imagen del “indito” en Guatemala. Pura fachada.

 

Grotesco. Simplemente grotesco.

 

En un país dónde los morenos son (somos mayoría) tal parece que no hemos terminado de aceptar nuestras condiciones y sesgos sociales.

 

Por un lado, los editores de la revista saben que su target es muy “selectivo” y es el tipo de imagen que quiere y esperan ver; pues se tiene el concepto ¿erróneo? de que los blancos parecen más elegantes, finos y sofisticados. Por otro lado, están los fotógrafos y creativos, quiénes aun teniendo un criterio artístico propio, deben acatar las directrices del consejo editorial.

 

No es de extrañar, que en Guatemala éstos mecanismos de discriminación racial parezcan normales; sobre todo cuando no hemos terminado de encajar en nuestra propia identidad. Nos repetimos hasta el cansancio que nuestro problema no es racista sino clasista, sin embargo, nuestras consideraciones de clase están determinadas por definiciones de raza o de pisto.

 

Así, tratamos de vernos como un país mestizo pero aspiramos a “blanquearnos” porque es más “cool”; es socialmente mejor aceptado y denota más “caché”. Una absoluta crisis de identidad. O sea, mestizos queriendo parecer blancos; cuando no somos ninguna de las dos cosas.

 

Todo esto repercute en la manera como vemos al mundo; pero más importante, lo que hacemos.

 

Es decir, el racismo, clasismo, xenofobia, etnocentrismo y segregación son producto de la ignorancia que nos hace creer y sentirnos superiores a los demás. Esto, como todos sabemos, ha propiciado el origen de varias guerras en todo el orbe, provocando millones de muertes a lo largo de la historia de la humanidad.

 

Lamentablemente, en nuestro país también ha sucedido. Sigue sucediendo y al parecer seguirá sucediendo por mucho tiempo más; mientras no cambiemos nuestra percepción hacia los demás y entendamos que más importante que el color de piel; es la conciencia y las acciones que realizamos en el día a día.

 

Cuando entendamos que esa ignorancia nos produce mucho daño a la vez que se lo ocasionamos a otro ser humano; en ese instante posiblemente hayamos encontrado la fórmula para acabar con las guerras, el racismo y la discriminación.

 

Hasta que no cambiemos nuestros trabes mentales, prejuicios implantados, condicionamientos sociales y complejos de superioridad; hasta que no cambiemos nuestra conciencia y nos veamos todos como una sola especie (iba a decir raza, pero pecaría de hipócrita) sin importar el color de nuestra piel, ojos, cabello o el tipo de vestimenta que utilicemos; no habremos comprendido nada sobre amar a nuestros semejantes.

 

Hasta que ese día llegue, no seremos más que una especie de primates con delirios de grandeza.

 

Entonces, ¿qué carajos somos?

La semana pasada debía presentar la estrategia y la planificación para una campaña de marketing a nivel nacional, la cual debe ir dirigida a diferentes segmentos de la población; por lo que, para tener datos más exactos, me dediqué una buena parte del tiempo a investigar sobre los indicadores demográficos actuales de nuestro país.

 

Lamentablemente no se cuenta con información concreta de parte del Instituto Nacional de Estadística (INE); por lo que tuve que valerme de otro tipo de datos, pero tampoco aseguraban su exactitud.

 

Guatemala cuenta con un aproximado de 17 millones de habitantes actualmente, lenes más, lenes menos. De ésta población, se estima que entre un 70 a un 75 por ciento lo componen personas menores a los 35 años; es decir, los rangos que según la UNESCO abarcan desde la infancia hasta el joven adulto.

 

Estas cifras resultan alarmantes cuando vemos que en un país eminentemente joven; las oportunidades para el buen desarrollo de este segmento poblacional, resultan ser escasas e inclusive inexistentes.

 

Vemos con desencanto que el desarrollo cultural, artístico, deportivo, económico, educativo y hasta social; sigue siendo la gran piedra de tropiezo en nuestro país.

 

Los muy pocos afortunados que han tenido acceso a estas oportunidades debieron buscarse la vida en otros países, dónde la fortuna parece sonreírles. Un hecho impensable para la mayoría de la población, donde la escasez de recursos, la injusticia, el subdesarrollo, el pésimo sistema educativo, y miles de etcéteras; no les permiten acceder a un mejor nivel de vida y mejorar sus condiciones.

 

Hace algunos meses me encontré con la mamá de un gran amigo mío; excelente músico y virtuoso guitarrista. Una noche antes asistí al concierto de rock que su banda realizó en uno de los pocos bares donde se puede oír buen rock en Xela; el público no los dejaba bajarse del escenario e inclusive muchas chicas, en su mayoría extranjeras, les pidieron tomarse una foto con ellas; pues con sus covers bien afinados de bandas famosas, hicieron que casi todos los concurrentes nos levantáramos de nuestros asientos y sacudiéramos nuestras cabezas al compás de cada rola.

 

En cuánto a la interpretación en guitarra eléctrica, nada que envidiarle a Slash. Y lo dice un súper fan de Guns N´Roses.

 

Regresando al encuentro con la mamá de mi amigo, me preguntó ¿cómo estuvo el concierto anoche? Sólo pude contestarle: Espectacular. Sin lugar a dudas son unos chavos muy talentosos. Me encantaría verlos triunfar y que lleguen muy lejos.

 

Escuché el sollozo en su voz al decirme: “Hay Ale, siempre he pensado que si mi hijo viviera en otro país; no tendríamos qué pasar las penas que pasamos aquí. No sabés lo difícil y frustrante que es para él sentir cómo su vida se desperdicia en un país donde ser músico es una pérdida de tiempo. No a todos les dan las mismas oportunidades y a veces puede más el cuello o la suerte que el talento”.

 

Nos despedimos y al alejarme me quedé pensando un largo rato en todos los jóvenes con sueños de gloria, triunfo y libertad.

 

Y es que al parecer, para muchos guatemaltecos, nuestro pecado más grande fue haber nacido en este bendito país. No digo que sea imposible alcanzar el éxito. Pero creo que quién está en el camino de ver materializados sus sueños y se esfuerza por ello, debe trabajar quizás el triple de lo que alguien con acceso a recursos y oportunidades logra al primer intento.

 

Veo con preocupación cómo todo ese potencial se desperdicia; hablamos de más de tres generaciones que a dónde volteen a ver; no le ven pies ni cabeza a ésta babosada.

 

Veo también cómo la generación de los que nos antecedieron; no fueron capaces de resolver ésta problemática; por distintos factores: El silenciamiento y represión del que fueron víctimas durante el conflicto armado, la corrupción, incapacidad y falta de visión de los políticos buenos para nada, y la misma apatía y conformismo de la población.

 

Hay que salir a buscar las oportunidades porque éstas no caen del cielo; dicen con cinismo los que siempre las han tenido. Con el sólo hecho de terminar la secundaria y universidad, estamos por encima del 95 por ciento de la población cuyo único afán es sobrevivir el día a día; sin esperanza de futuro, con capacidad de soñar pero sin tener la suerte concretar esos sueños como quiénes han nacido en cuna de plata. O cuando menos, nacidos en la comodidad de un hospital.

 

Preocupa, indigna y duele ver cómo en cada pueblo o aldea de nuestro hermoso país, un martes cualquiera por la tarde; sea común que los patojos se reúnan en un parque, un edificio abandonado o una calle poco transitada a hacer coperacha para comprar un gordo de guaro, unos chancuacos o una bolsita de mota; ¿quién sabe si a manera de entretenimiento o como válvula de escape de la cruda realidad que les tocó vivir?

 

Al fin y al cabo, como lo profetizó El Gran Moyas: En éste país solo loco o a verga se puede vivir.

 

Si bien nos va.

 

Y así, otra generación se va desperdiciando, porque aquí no pasa nada. Y si pasa, no te pasa a vos.

Como todas las noches, me desvelé navegando en internet; descargando libros, viendo videos, en videoconferencia con una amiga desde España, ayudando a mi sobrina con una opinión respecto a las propuestas a las reformas al Artículo 209 Constitucional para una tarea de la U; enterándome de los chismes en redes sociales, terminando una presentación que debo realizar mañana en la capital; me apresto a salir a fumar mientras empiezo a cerrar las ventanas abiertas en la computadora.

 

A lo lejos tengo el leve presentimiento de algo; como siempre me sucede unos segundos antes de que llegue el temblor; me paralizo y pongo la laptop sobre la mesita de noche. Escucho cómo las láminas empiezan a hacer ruido y pienso que quizás un ventarrón se asoma. Veo cómo el mueble donde tengo el televisor se empieza a balancear y escucho el ruido de las lociones y cremas que tengo en otro mueble. Caigo en la cuenta que está temblando y me siento a esperar que pase.

 

Cuando siento que baja la intensidad; me dispongo a levantarme para comprobar que mi familia está bien; de repente una sacudida más fuerte me hace regresar a la orilla de la cama. Escucho los gritos de mi tía que le dice a mi abuela que se levante; trato de mantener la calma y bajo mis pies sólo puedo sentir la vibración del suelo que parece fuera a abrirse de un momento a otro.

 

Quizás mi instinto de supervivencia me indica que salga corriendo y resguardarme; mientras la lógica me hace regresar y tratar de pensar el siguiente movimiento. En un acto reflejo me acerco a encender el interruptor de la luz y no responde. Todo queda en penumbra.

 

A tientas por la pared salgo en busca de mi abuela y mi tía y veo que también ellas tratan de abrir la puerta de su habitación. Tomo el celular para encender la linterna y veo la hora: 1:29 de la madrugada. ¿Cómo es posible, si hace un momento cuando estaba a punto de apagar la computadora era exactamente esa hora? A mí me pareció una eternidad.

 

Escucho voces en la calle, las luces de los celulares y linternas empiezan a alumbrar a través de las ventanillas del portón. Emulando la media noche de Navidad o Año Nuevo, los vecinos salen a darse palabras de consuelo e intercambiar opiniones sobre el suceso.

 

Toda la calle en penumbras.

 

Intento comunicarme con familiares pero es en vano. Las redes están colapsadas. Recuerdo que aún tengo datos en el plan del celular (que dura apenas unas cuantas horas aunque la empresa diga que es para todo el mes) e intento ingresar a las redes sociales para poder comunicarme. Nuevamente es en vano.

 

En penumbras e incomunicado me sentí impotente.

 

Mi mente viajó muchos años atrás e imaginé estar en una escena similar pero en otros tiempos. Mentalmente repasé la historia de los terremotos en Guatemala; por lo menos los más significativos y caí en la cuenta que en Diciembre y Enero se cumplirían 100 años de los terremotos de 1,917 y 1,918.

 

Recreé las escenas en mi imaginación y visualicé cómo hubiera sido vivir en esa época. Pensé en lo vulnerable y expuesta que estaba la población en aquellas fechas; ya que estar incomunicados, sin agua y sin energía eléctrica; sería bastante complicado ingeniárselas para resguardarse en las penumbras; montar campamentos improvisados o buscar abrigo o refugio.

 

Nuevamente viajo al presente y pienso que me encontraba en la misma situación que si hubiera estado en el año 1,917.

 

No es por nada pero muchas cosas han cambiado desde aquel entonces, pero tal parece que nada ha cambiado en algunas otras. Un terremoto es un terremoto, me digo a mi mismo, tratando de justificar que ante la poderosa madre naturaleza no hay mucho que se pueda hacer. Cuando reclama; reclama.

 

Hoy al ver las imágenes que circulan en los medios y las redes sociales veo que la mayor parte de las construcciones derribadas y viviendas afectadas son de estructuras antañonas y viejas. Paredes de adobe que resguardan un pasado glorioso, pero que es eso, pasado.

 

Veo el dolor y la impotencia de algunas personas al ver sus pertenencias y propiedades destruidas mientras aducen que han tenido la intención de reparar o modificar las estructuras, pero que debido a las prohibiciones del Patronato del Centro Histórico no han obtenido la autorización correspondiente. Entiendo que debemos conservar el patrimonio histórico y cultural de la ciudad; ¿Pero acaso esto es más importante que la vida de las personas?

 

Por otro lado, es preocupante que no exista un plan de contingencia o programas de gestión de riesgos, ni parámetros técnicos adecuados de construcción; ni educación ante éste tipo de eventualidades. En fin, no importa que tan desarrollada esté la tecnología; ante todo esto me siento vulnerable; tanto o más como si hubiera vivido los terremotos de hace 100 años. Como dije hace un momento, muchas cosas han cambiado; pero muchas más se resisten a cambiar. Nos hemos quedado estancados recordando nuestro pasado y no hemos caído en la cuenta que podríamos quedarnos sin un presente qué recordar.

Soy xelateco

Junio 07, 2017

“Hace unos años, durante una cena tuve la oportunidad de escuchar una plática con grandes personalidades guatemaltecas dentro de ellas, el Dr. Eduardo Suger, Eduardo Gonzáles (Bancafé) y el mismísimo maestro Efraín Recinos.

 

Durante la tertulia, intercambiaban opiniones sobre cómo hacer de Guatemala un país de primer mundo.

 

Gonzáles le apostaba a dinamizar la banca y ofrecer accesibilidad a los servicios bancarios mediante la tecnología. Para aquellas épocas él hablaba de realizar las transacciones desde una computadora desde la comodidad del hogar.

 

Dr. Suger hablaba de la tecnología educativa e infraestructura de primer nivel para sacar a Guatemala del subdesarrollo.

 

Yo, que para ese entonces tendría unos 23 años no podía creer que compartía la mesa con tan notables personas. Todos hablaban e intercambiaban opiniones y se notaba la pasión con la que defendían sus argumentos.

 

Excepto uno, que se dedicó a comer y escuchar.

 

Maestro Recinos, dijo Gonzáles; ha estado muy callado ¿o es que le aburre la conversación?

 

Sólo escuchaba; contestó él aludido; limpiándose con la servilleta.

 

Nos gustaría saber qué opina, comentó Suger.

 

Pues me parece muy interesante que quieran tener un país de primer mundo, con tecnología, infraestructura y nuevos métodos. Lo que aún no logro comprender es ¿Cómo van a construir un país de primer mundo, cuando su gente aún vive en el tercero y cuarto?

 

Todos callaron.

 

Creo que no importa lo espectacular que luzca una ciudad o tener infraestructura de primer nivel; si la mentalidad y acciones de las personas aún se encuentran enraizadas en la era medieval. Hace falta adquirir una nueva conciencia y desaprender muchos pensamientos y actitudes que nos alejan del ideal de ser un país de primer mundo”.

 

Pues bien queridos lectores, resulta que el sábado pasado, luego del partido de la final de la Champions League, acudí a una reunión en Casa No´j a dónde fuimos convocadas varias personas para establecer un nuevo proyecto cultural impulsado por dicha entidad.

 

Previo a la llegada a la cita, me encontré con mi amigo Jorge Armas, con quién entablamos una amena charla hablando desde el partido que recién había terminado; hablamos de negocios, de consejos sobre parejas, chismeamos un poco sobre las infidelidades de fulano o de sutana; en fin, lo que usualmente se habla la tarde de un sábado cualquiera.

 

Nos encontrábamos sentados en la banca del parque central que está frente al ingreso al Pasaje Enríquez; cuando de repente, un fulano con la camisola del Real Madrid (luego se la quitó) se sitúa justo detrás de nosotros, se saca el pene y se pone a orinar a escasos 20 cms de dónde nos encontrábamos sentados conversando.

 

En ese momento nos levantamos y le dijimos que no fuera coche; que había niños y mujeres y que esa actitud no era apropiada; sobre todo por ser las cuatro de la tarde y el parque se encontraba repleto de visitantes.

 

El tipo, lejos de reconocer su error y disculparse empezó a amenazarnos con golpearnos y a proferir improperios; la mujer que le acompañaba nos empezó a gritar con un lenguaje digno de las personas con la más baja cultura y educación; diciéndonos que si no nos gustaba podíamos irnos muchísimo a la mierda; que el parque era de todos y ellos hacían lo que les diera la regalada gana. Cabe mencionar que ya los dos andaban ebrios; el tipo más que ella.

 

columna 1

FOTO: Columnista

 

Inmediatamente sacamos nuestros teléfonos para capturar ese momento; pero la tipa se nos fue encima y pretendió arrancárnoslos o tirarlos. Cuando vio que éramos dos hombres nos empezó a insultar diciendo que si la tocábamos iríamos al bote por violencia contra la mujer. Mi amigo Jorge intentó captar la imagen del fulano con la bragueta abierta y el pene en la mano y la muchacha se lanzó a pretender esconder al muchacho. El individuo en cuestión empezó a gritarnos nuevamente que él era “xelateco” y que era SU PARQUE y por lo mismo hacía dentro de él lo que le apetecía y que ningún hijo de la gran puta le iba a decir qué hacer.

 

Le dije a Jorge que lo dejáramos, que no valía la pena meternos a líos y que haríamos la denuncia correspondiente. Nos sentamos nuevamente, pero ésta vez fue la ¿dama? Quién sacó su teléfono y captó imágenes nuestras a la vez que decía que se la íbamos a pagar; que no sabíamos con quién nos habíamos metido y que nos iba a meter toda la verga por prepotentes, machistas y que intentamos golpearla.

 

Les dejo las imágenes para que si lo conocen, le hagan pasar la vergüenza de su vida; pues no es posible que se celebren triunfos ajenos y nos venga del norte velar por cuidar y proteger nuestro matrimonio. Debo aclarar que soy seguidor de los blancos; pero estas actitudes simplemente no tienen presentación; vengan del bando que vengan.

 

columna 2

FOTO: Columnista

  

 

Nota: Las opiniones de la sección La Catorce son ajenas a Diario de Los Altos y son responsabilidad de sus autores.

Suena el despertador o un ruido proveniente de la cocina me despierta. Salgo de mi habitación y me cepillo los dientes, me aseo y preparo un café mientras en el comal pongo las tortillas a calentar. Me preparo un par de huevos y me dispongo a desayunar y prepararme para salir nuevamente, como todos los días a los quehaceres cotidianos; que van desde reuniones con clientes, con mis socios, con los grupos y colectivos ciudadanos en los que participo o hacer algún mandado o encargo de mi familia o algún amigo.

 

Abordo cualquier unidad de transporte urbano de Xela que me acerque al lugar de destino. Si la suerte me acompaña, logro conseguir un lugar en las filas de cuatro que los ayudantes o choferes se empeñan en rellenar. Al ritmo de banda o reguetón, saco los audífonos del bolsillo y trato encerrarme en mi mundo. Algo muy difícil en éste medio de transporte.

 

Casi de rigor hay que levantarse para darle paso a más de alguna persona que viene en los asientos de atrás o al lado. El ritual se repite en cada parada improvisada. La gente siempre quiere que la unidad se estacione ahí, dónde ellos hacen la parada o dónde se tienen que bajar.

 

Paiz, demo, parque grita el brocha, tratando de embutir la destartalada camioneta; que aún estando repleta, siempre le cabe un cristiano más. Por las prisas de llegar a tiempo; se sube alguna persona de la tercera edad o señora embarazada. A veces es imposible hacer gala de caballerosidad y ceder el asiento; hay qué levantar a todos los usuarios para poder despejarle el lugar a la persona con quién uno desea ser cortés.

 

En los días de invierno, las gotas de lluvia se cuelan entre las improvisadas ventanillas hechas de nylon transparente donde antes estuvo el vidrio lateral. Las esponjas sobresalen de la tapicería de cuerina verde, café o negra rota de los asientos. Tornillos o puntas de lámina oxidada se asoman por las esquinas de los asientos, lo que pone a prueba nuestras habilidades de elasticidad y flexibilidad. Hágase un poquito para atrás señora así nos vamos rapidito, vocifera nuevamente el ayudante. Mientras recordamos aquellas subidas al Tagada durante los días de feria; tratando de aferrarnos a donde nos sea posible.

 

El chofer se cruza un semáforo en amarillo y se pega al bus que va adelante. Adelante le paro chavo, que hay chonte en la esquina; se escucha gritar desde la cabina del piloto. Les encargo el uno veinticinco que no traigo vuelto, amenaza el muchacho que va colgado en la puerta.

 

Picale y comprate dos “Ice” y cinco chancuacos mentolados; orden el capitán de la tripulación al chatío que le ayuda. Este sale corriendo y en cosa de dos minutos llega con una bolsa de nylon negra y proceden a brindar para quitarse la goma.

 

No pueden faltar las bocinas cuando el semáforo siguiente ha dado luz verde y más de algún microbús del mismo sistema se queda estacionado esperando que le caigan más venados; también se escuchan timbrarle a alguna patoja de buen ver para ellos; lanzando toda su artillería pesada de piropos, chiflidos, bocinazos y una que otra propuesta subida de tono.

 

Toca llegar a la terminal y desde el semáforo de la Ciani ya uno se empieza a mentalizar que llegará unos cuantos minutos tarde a la reunión. Cuando por fin logran aparcar; corresponde relajarse y esperar unos cuántos minutos esperando a que la unidad se llene. Mientras tanto, uno puede apreciar cualquier tipo de pintorescos y folclóricos paisajes. Desde el señor que orina en una pared que tiene el rótulo que dice: “Prohibido orinar, multa Q500.00” hasta el clásico cartel de “No sea coche, no orine aquí”.

 

Vendedores de todo tipo de artículos pueden apreciarse. Carretas de madera haladas por borrachines, indigentes o personas que han hecho de ésta labor su medio de subsistencia; portan grandes cantidades de frutas, ropa de paca, productos de contrabando y hasta canastas conteniendo ollas con atoles y viandas para la refa.

 

Otro paisaje muy similar aunque un tanto parecido se aprecia en el mercado de la Democracia.

 

Parque bajan, se escucha gritar desde atrás. Y caigo en la cuenta que se me termina el recorrido. Bajo por la 12 Av. Y casi haciendo malabares, toca sortear las filas de carros que imprudentemente se cuelan en las filas del semáforo. Los pasos de cebra, pintados. Literalmente.

 

Me adentro por la esquina del antiguo Banco de Occidente y me recibe un ramillete de la más variopinta calidad de prostitutas y gays que ofrecen sus servicios sexuales a choca el colazo con cuarto incluido. Sigo caminando y de repente un tufo a meados y mierda se cuela en mi sentido del olfato. En cualquier banca del parque suele verse a borrachines durmiendo; no importa la hora que sea. En el quiosco, ese mismo que ha sido inmortalizado en miles de fotografías; se aprecian grupos de chavitos capeados del colegio, con el suéter del uniforme amarrado a la cintura, destapando un six de chela, echándose el respectivo chancuaquito o forjándose un puro de mota.

 

Las parejas hacen alarde de su amor entre las bancas, árboles y arquitectura del Parque a Centroamérica. Se me acerca un sinfín de vendedores; desde las señoras con un tanate de chipustes que ofrecen chocolates con el argumento que eso les dará de comer a sus hijos; hasta los que venden pulseras típicas, billeteras hechas con material reciclado, lociones, alcancías o macetas con flores enanas, que ellos dicen que son bonsái. No puede faltar la carreta del vendedor de helados de pajarito, como les dice mi abuela.

 

También es común ver uno que otro irresponsable parquearse en lugares prohibidos o un pleito con los taxistas que ya se apropiaron de los alrededores y Dios me guarde que les ocupen su espacio; total, para esos están pagando. Una bicoca, pero son los dueños, dicen ellos.

 

Termino mis mandados y corresponde regresar a casa. Si tengo suerte de abordar un bus antes de las cinco, me cobran la tarifa normal; pasados cinco minutos, me avisan que a esa hora ya están cobrando dos quetzales. En algunas ocasiones mi jornada termina después de las ocho y debo caminar hasta Montblanc para poder encontrar un bus que me encamine a casa; pero con la salvedad que a esa hora, el pasaje cuesta tres pesos.

15 de abril de 2,015. El destino político de Guatemala ya estaba definido.

 

Manuel Baldizón sería el próximo presidente de la República; pues había constituido y solidificado un partido político a lo largo de una desmedida y onerosa campaña proselitista de casi seis años de duración; pasándose por el arco del triunfo; con total descaro y arrogancia, toda normativa contenida en la Ley Electoral y de Partidos Políticos; retando de ésta forma a un Tribunal Supremo Electoral sumiso y callado ante las reiteradas violaciones del Estatuto Electoral.

 

Por otro lado, Alejandro Sinibaldi sería el ungido del Partido Patriota; institución que con toda la desfacha y cara dura derrochó millones de quetzales en la presentación de su presidenciable. Con fondos estatales hicieron alarde de poderío y prepotencia. La algarabía no se hizo esperar; con bailes, fanfarrias, bombos y platillos; apadrinaron al prodigioso (ex) Ministro de Comunicaciones, vendiéndolo como la joven promesa para dirigir los rumbos de la Nación. Y además de todo; “fisiquín” el patojo. Toda una ganga.

 

El ex presidente guatemalteco y ex convicto Alfonso Portillo encabezaba la oferta de aspirantes a diputados a Listado Nacional por el Partido Todos; como estrategia para ganar adeptos; esos mismos que no tienen memoria o que se dejaron llevar por la buena prensa que los líderes y caciques que se beneficiaron en alguna medida con sus políticas sociales  le hicieron en las comunidades. Todo un Robin Hood moderno. Casto y puro; fue recibido como héroe nacional al arribar al país luego de cumplir su condena en Estados Unidos por delitos de lavado de dinero en los bancos del sistema de ese país.

 

Con total descaro; el binomio presidencial representado por Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti; presumían una vida bastante cómoda y lujosa; desde la fundación del Partido Patriota; el del puño cerrado, la mano y la cara dura; se plantearon el objetivo de saquear sistemáticamente las arcas del Estado; con tácticas maquilladas de buenas intenciones y una red de inescrupulosos e inconscientes rémoras y sanguijuelas allegadas a ellos y notables dentro del partido; cooptaron en su mayoría, las instituciones aduaneras, a fin de cometer ilícitos que les favorecieran en el engrosamiento de sus bolsillos y la satisfacción de sus más aberrantes aspiraciones y ambiciones.

 

Todo un paraíso de impunidad. Vaya si no.

 

Por otro lado; los favorecía la complicidad y silencio de una sociedad tradicionalmente fría y apática; esa misma que pide cambios a gritos pero que no está dispuesta a mover un solo dedo para conseguirlos. Esa sociedad indolente y maniatada. Esa sociedad bonachona y campechana; que viendo cómo saqueaban el Estado en sus narices; prefirió la comodidad de su zona de confort; esa que paraliza; que estanca; dolorosa como la propia muerte.

 

Ahí estábamos nosotros. Poniendo la otra mejía para seguir recibiendo palo. Dispuestos a seguir dejando que nos escupieran la desfacha en la propia cara. Total, así ha sido siempre y ni modo, así tendrá que ser; por los siglos de los siglos.

 

Pero de pronto; el jueves 16 de abril de ese año todo cambió.

 

Una suerte de paladín de la justicia relataba ante los medios de comunicación; pero no los autodenominados nacionales; cómo una red de corrupción fue creada metódicamente; con toda la intención de seguir viéndonos la cara y robarnos lo que su ambición les permitiera. Recuerdo que nunca había sentido tanto asco por mi país como en ese momento. Lloré. Juro que lloré de rabia, de impotencia, de desencanto, de frustración, de vergüenza.

 

Días más tarde, ya casi sin ganas de ingresar a mis redes sociales para no seguir viendo más noticias sobre el tema; recibí una invitación para asistir a una manifestación el día 25 en la ciudad capital. Sin dudarlo pulsé el botón para asistir y veo que muchos amigos habían hecho lo mismo. De pronto alguien sugirió que habría que replicar la iniciativa en Xela y muchos la apoyamos. Un par de minutos después; el evento había sido creado. La consigna era exigir la renuncia de la hasta ese entonces implicada en el caso, la vicepresidente Roxana Baldetti bajo la etiqueta #RenunciaYa.

 

Inmediatamente se comenzó a viralizar y ya no había marcha atrás. Contacté a algunas personas que habían estado en la formulación de la idea y quedamos en tomarnos un café para organizar la actividad; pues nadie tenía experiencia en ese tipo de organización. En 30 años, los guatemaltecos no habíamos tenido la oportunidad y obligación histórica de participar en movimientos de ésta naturaleza. No teníamos nada planeado, ni siquiera la experiencia en movimientos sociales.

 

Llegó el gran día. Y bajo las más estrictas recomendaciones de nuestras familias de no exponernos, de ser mesurados y poco arriesgados ya que nos podría pasar lo que a fulano o mengano durante el conflicto armado interno. No necesitamos más mártires, fue la frase que mi mamá me dijo por teléfono cuando conversamos la mañana del #25A.

 

Todo lo demás es historia.

 

Muchos argumentan que no sirvió de mucho. Otros tachan esas iniciativas específicamente de haber sido financiadas por organismos internacionales o sectores poderosos del país. Nada más alejado de la realidad; al menos en los movimientos en Quetzaltenango; dónde puedo dar  fe al estar involucrado en los inicios y las fechas trascendentales durante los cinco meses de protestas.

 

¿Algo cambió? Yo creo que sí. Cambiamos nosotros. Despertamos de un letargo transgeneracional heredado de nuestros antecesores. Baldizón se retiró de la política. Sinibaldi se encuentra prófugo de la justicia junto a muchos funcionarios de alto rango; Portillo no volverá a participar jamás en política; Pérez Molina y Baldetti pasaron a la historia por haber sido los precursores del despertar ciudadano; ese que ahora ya no le darán atol con el dedo; ese que de ahora en adelante castigará a los mediocres, corruptos e incapaces al no volver a darles el voto. Eso ya es un buen inicio.

El mundo convulsiona nuevamente. Los ataques a Siria de parte de Estados Unidos nos ponen a la expectativa de una posible nueva guerra mundial. Encuentran enterrados aproximadamente 50,000 quintales de alimentos que fueron donados al Estado de Guatemala pero que no fueron entregados porque se presume serían usados como parte de las dádivas que Sandra Torres pretendía hacer durante la campaña electoral de 2,011 pero nunca se concretó; mientras miles de niños han muero de hambre estos últimos años. Venezuela enfrenta una crisis política sin precedentes; bajo la mirada indiferente de la OEA y la comunidad internacional. Korea del Norte amenaza con ejecutar un ataque sin precedentes si los EE.UU. no paran las provocaciones al movilizar buques de guerra en sus costas. Y los consabidos problemas y revueltas sociales y políticas en muchos países del mundo.

 

Todo esto en pleno siglo veintiuno.

 

Tal parece que los años de evolución y desarrollo de la humanidad, han sido inútiles y nos lleva a esto. Simplemente indignante.

 

Hace una semana se conmemoró la pasión y muerte de Jesucristo; parece ser que de nada han servido siglos de intentar profesar sus enseñanzas; pues todo indica, cada día nos alejamos más del verdadero significado de la doctrina del Nazareno.

 

No tiene nada que ver con la Biblia, el cristianismo o los dogmas de la fe. Nada más alejado de eso. Las enseñanzas del Cristo se resumen en  servicio, humildad, entrega y sobre todo amor al prójimo. Sin embargo, la arrogancia suprema, esa que deriva en la creencia de sabernos conocedores de la verdad absoluta, cuando en términos de religión se trata; nos está llevando a la aniquilación de nosotros mismos por nosotros mismos.

 

No importa realmente la religión que usted profese. Todos los maestros espirituales antiguos, desde Buda, Confucio, Mahoma, Jesús de Nazaret, Zaratustra; hasta los maestros espirituales de la actualidad como Eckhart Tolle, Dalai Lama, Sogyal Rimpoche o Neale Donald Walsch; todos tienen un denominador común: profesan el amor al prójimo y a uno mismo; para poder dar a los demás, el mismo amor con el que nos tratamos a nosotros mismos.

 

No hablo de ese amor disfrazado de caridad y obras benéficas para los desposeídos. No hablo de somatarse el pecho durante las homilías de las misas; o danzar y brincar durante un servicio religioso. Hablo del amor que trasciende. De ese amor que como seres humanos hemos perdido al deshumanizarnos y darle más cabida en nuestro corazón a cosas sin importancia real como el dinero, las posesiones, las adicciones, el poder, la ambición o los placeres de la carne.

 

Ese amor que hemos relegado a último lugar porque hemos estado muy ocupados viviendo una vida terrenal con apegos materiales. Ese amor que hemos olvidado porque estamos más preocupados por cuidar nuestras fronteras, defender nuestra ideología o nuestra bandera, creencias, dogmas, mitos, costumbres y tradiciones que son sólo fruto de la invención humana. Nada tienen que ver con la evolución y viaje del alma.

 

Nada de todo lo anterior tiene sentido para un alma que busca experimentarse a sí misma por medio del servicio y el amor trascendental por el hermano. Nada tiene sentido cuando realizamos el viaje del alma; todo lo que hemos aprendido de ésta sociedad disfuncional simplemente nos parece intrascendente.

 

Hemos llegado a un punto de inflexión donde cabe preguntarnos: ¿Tantos años de evolución para aniquilarnos entre nosotros mismos por las mismas razones que motivaron a los líderes de la antigüedad? Parece que no hemos comprendido la historia de la humanidad.

 

Si bien es cierto, un alma evolucionada jamás se plantearía dañar a otra alma; es decir a otro ser humano, porque la reconoce como su igual; como parte de su propio ser que al igual que ella está buscando su propia evolución; debemos entender que en una sociedad tan primitiva como la nuestra, nos matamos por cosas insignificantes; desde unas cuántas monedas, un celular, una bolsa de mota, una pareja o para imponer nuestra ideología o forma de pensar a los demás; cosas por demás estúpidas.

 

Luego de una semana que se supone de reflexión, lo invito a ver mucho más allá de lo que usted conoce o cree conocer sobre sus creencias. Indague, cuestione, escudriñe, investigue, aprenda, pero sobre todo recuerde que nuestro único propósito en ésta encarnación física es ser felices y hacer felices a los demás. Plantéese que usted no siempre va a tener la razón; y aunque la tuviera, ¿Tiene sentido matar a alguien simplemente porque no piensa igual que yo? Esa es la causa de las guerras a lo largo de la historia. Nos hemos matado sólo para demostrar que tenemos la razón sobre los demás y esa razón debe prevalecer, simplemente porque yo lo digo.

 

Reflexione que las principales causas de las peores guerras que se han librado en el mundo, obedecen a éste patrón. Nuestras creencias delimitan y trazan el rumbo de nuestra vida. ¿Qué tanto permitiremos que estas nos dominen y nos lleven al punto de no reflexionar sobre nuestro actuar? Ya es decisión muy personal.

 

En un mundo tan atribulado como el nuestro, lo último que necesitamos es una guerra; todo lo demás llenémoslo de amor. Mucho amor, por favor. O simplemente y como dijera el maestro Enrique Bunbury: “Un poquito de amor en tiempos de guerra” no necesitamos nada más.