Enero 18, 2018

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Guatemala, país de xenófobos y etnocéntricos

By Julio 19, 2017 0

Nací en Momostenango, Totonicapán el seno de una familia de clase media baja, ambos padres maestros de profesión pero por distintas razones ejercieron muy poco su profesión; de ascendencia mestiza; crecí sin muchos privilegios, más bien mi infancia se desarrolló entre carencias económicas y muchos períodos de escasez en el hogar. Mi infancia y adolescencia tuvo lugar en San Lucas Tolimán, Sololá y Momostenango; mis padres desempeñaron muchos oficios para brindarnos a mis hermanos y a mi alimentación, techo, salud, educación, vestuario y lo básico para nuestra subsistencia.

 

En el colegio no puedo decir que haya sido muy brillante, siempre fui el chico problema porque no encajaba en ningún grupo. Por un lado, algunos de mis compañeritos  “ladinos” pudientes me rechazaban porque muchas veces vieron a mi madre en su casa ofreciendo los productos que sus laboriosas manos preparaban para obtener algunos ingresos para el hogar; fui objeto de burla por eso y porque vestía ropita sencilla y en ocasiones de segunda mano que personas bondadosas regalaban a mis padres para que pudiéramos tener al menos mejor presentación.

 

Por otro lado, fui rechazado por mis compañeritos “indígenas”; puesto que mi color de piel, mi apellido y la ropa que usaba era diferente a la de ellos (si supieran que era regalada). Mi mamá dice que ustedes son malos; era una de las frases que les escuchaba decir constantemente. Yo no entendía qué pasaba. Sólo opté por encerrarme en mis pensamientos y no involucrarme del todo con los demás. Fui un patojo diferente si, solitario, problemático y rebelde.

 

Conforme fui creciendo, constantemente escuchaba frases como: “A los indios dales la mano y te agarran las patas” o “No tiene la culpa el indio sino quién lo hace compadre”; por el lado de los ladinos; y otras como: “El ladino si no es aprovechado no es ladino” o “Ladino creído y ni pisto tiene” del lado de los indígenas. Esto me presentaba un panorama dicotómico, puesto que mi confusión se debía a que no sabía a quién creerle o por lo menos, fueron frases que calaron en lo más profundo de mi subconsciente y me hicieron mucho daño a la hora de relacionarme con las demás personas; siempre estuve a la defensiva, esperando ser engañado, usado, marginado o estafado por un bando o por el otro.

 

La cosa se complicó cuando llegué a la adolescencia y me empecé a interesar por las mujeres. Quizás por mis instintos masculinos me llamaban la atención por igual indígenas y ladinas. En casa o en pláticas con amigos siempre escuché decir que las costumbres no son iguales, que terminaría siendo engañado por una indígena, que eso no ayudaría a mejorar la raza, que si me metía con una india tendría que aguantar malos olores y cosas muy despectivas.

 

Fue cuando empecé a construir mi identidad y alcanzar cierto grado de juicio y madurez, que decidí mandar a la mierda los prejuicios estúpidos y me lancé a ir tras de mi felicidad. Sea “india” o “ladina” no me interesa. Si me hace feliz a mí, me viene sobrando si a los demás les gusta o no. Tuve novias que se podrían catalogar como indígenas, debido a sus apellidos o vestuario (cosa más estúpida). No me importó si me recibían en su casa vestidas con su traje típico o si íbamos por la calle o por un café de la misma forma. Importaba lo que yo sentía y lo que las personas que me conocían pensaran, ya era clavo de ellos. Yo era feliz.

 

Al ir desarrollando la relación con ellas, me fui percatando de ciertas actitudes que me confundían. Me evadían; ya no querían que saliéramos tan frecuentemente y muchas veces hasta me ocultaban de sus amistades. Al preguntarles qué pasaba, me respondían casi de la misma forma: “No sé qué va a pensar la gente de nuestra relación” “es que tus amigos se burlarán de mí, de mis apellidos o de mi vestimenta” o “si tenemos hijos, ¿cómo los vamos a criar, con tus costumbres o con las mías? ¿Qué religión vamos a tener? ¿Por qué iglesia nos vamos a casar? Y cosas así, que a mí me parecían realmente estúpidas.

 

Entonces lo comprendí. Xenofobia y etnocentrismo. De ambos lados desde luego.

 

En Guatemala, el racismo, la discriminación racial y la intolerancia están profundamente arraigadas y son una realidad en la actualidad. El relator especial de las Naciones Unidas Doudou Diène manifestó: “éstas prácticas son expresión de una penetración secular de los prejuicios que han marcado la historia de este país, la cultura y las mentalidades, y que se han magnificado con los trágicos sucesos del pasado reciente del país, que culminaron con el genocidio de los pueblos indígenas. La realidad económica y social de Guatemala se caracteriza por un desarrollo desigual entre las llamadas poblaciones “ladinas” y los pueblos indígenas y de origen africano que da fe del carácter estructural y sistémico de la discriminación. (El racismo, la discriminación racial, la xenofobia y todas la formas de discriminación)”.

 

Analicemos entonces los conceptos de “xenofobia” y “etnocentrismo”:

 

Xenofobia: tiene como ideología el rechazo y exclusión de toda identidad cultural ajena a la propia, a todo lo que sea distinto y desconocido. En ella sobresalen los prejuicios históricos, lingüísticos, religiosos, culturales, e incluso nacionales. La xenofobia es un miedo antiguo, no es innato, sino que es un elemento de las formaciones egoístas y también de las aceptaciones del lenguaje, desde muy pequeño el ser humano ha sabido diferenciar lo suyo con respecto hacia lo demás.

 

Etnocentrismo: Actitud del grupo, raza o sociedad que presupone su superioridad sobre los demás y hace de la cultura propia el criterio exclusivo para interpretar y valorar la cultura y los comportamientos de esos otros grupos, razas o sociedades.

 

Así, vemos el racismo como esas valorizaciones, actitudes y prácticas que justifican la dominación y agresión; además promueven  la segregación, estereotipos, exclusión, invisibilidad,  prejuicios, marginación, burla y omisión de un bando a otro.

 

Pero ¿de dónde nacen éstas prácticas? Creo que toda nuestra etnografía o sistema de pensamiento y comportamiento tiene su origen en la sociedad en la que hemos crecido y nos ha moldeado de tal forma que damos por normales dichas acciones. Ya lo decía Rousseau: El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe.

 

Por mi parte, yo sigo creyendo que la ignorancia, la homofobia y el racismo se curan leyendo, viajando y amando. Dejemos de usar calificativos para definirnos; nos llamamos de muchas formas canches, inditos, negros, chinos, ladinos, colochos, flaco, gringos o judíos. ¿Para cuándo nos llamaremos simplemente humanos?

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Alejandro Maldonado

Director de Marketing del Diario de los Altos. Modelo 79; entrepreneur, amante del marketing, del café guatemalteco, del vino tinto, de las guapas mujeres y de la marimba. Cree en la libertad y la defiende sabiendo que puede perderla en el intento. amaldonados@diariodeloslatos.com