Diciembre 14, 2017

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Dos terremotos de gran magnitud con sus respectivas réplicas sacudieron el país mexicano el presente mes. Así mismo un fuerte sismo de más de un minuto se reportó en la ciudad de Quetzaltenango con epicentro en Chiapas, México en las postrimerías del 7 de septiembre, con daños en algunas construcciones del Centro Histórico de la ciudad, a pesar del sismo no se reportó ninguna víctima humana ni tampoco daños en infraestructura relativamente nueva.

 

La diferencia entre el sismo del 7 de septiembre y los sismos que sacudieron el centro del país mexicano, sobretodo el 19 de septiembre. El del 7/9 fue un movimiento oscilatorio y el del 19/7 fue de carácter trepidatorio. Un sismo trepidatorio no es como los que estamos acostumbrados en Xela. No es por el choque o contacto de placas, sino que estuvo en el interior de la Placa de Cocos. Ésta sufrió una fractura interna, lo que haría tan particular su movimiento. 

 

Este tipo de sismos no es muy conocido, y no se pueden medir tan bien como el resto. Sobre por qué fue tan destructivo, la cercanía con un sector tan poblado como la ciudad de México, la magnitud y el tipo de suelo pueden estar entre los factores.  México se encuentra sobre las placas Norteamericana y de Cocos, en esta última se produjo el sismo. 

 

Desde 1985 cuando miles de personas murieron en la ciudad de México tras otro devastador terremoto, el país cuenta con una nueva norma de construcción. ¿Qué pasó entonces? Según mi humilde criterio considero que la destrucción puede tener dos factores. El tipo de movimiento, y la manera en que se construyó. 

 

Sobre la segunda razón, los expertos aseguran que aún no se tiene certeza de si efectivamente las edificaciones que se derrumbaron tras el terremoto habían cumplido con las normas exigidas o si por falta de fiscalización se construyeron sin considerarla. Eso se establecerá más adelante, con las investigaciones pertinentes. Sin embargo no se necesita realizar tantos análisis para verificar que muchas de las edificaciones que colapsaron en el centro de México, se debieron al nulo análisis estructural sobre las mismas.

 

De existir un sismo trepidatorio en Xela, algunos colegios privados y varios comercios en el sector conocido como La Democracia, donde han construido nivel tras nivel hasta llegar a los cinco o seis plantas, colapsarían por no tener un análisis estructural adecuado y pretender obtener más ingresos construyendo empíricamente. La construcción no es un juego, se debe saber qué se está haciendo y contratar a un experto colegiado en el tema para no lamentar pérdidas humanas en el futuro. 

A algún político corrupto

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Haciendo alusión a los últimos acontecimientos suscitados en el territorio guatemalteco, declarar non grato al titular de la Cicig, por parte de un presidente incompetente que muestra su verdadera cara y se pone del lado de la impunidad, así me dirijo a este personaje salido de un programa llamado Moralejas.

 

Puede que falten muchos años para que se descubran sus fechorías, desfalcos, malversaciones, asociaciones ilícitas. Puede que esté disfrutando de las mieles del poder y tenga asegurado su futuro y el de sus hijos debido a los “negocios” que se cerraron bajo la mesa.

 

No lo juzgo, señor, será la justicia quien lo haga. Solamente tenga en cuenta: cada vez que descanse en su pent-house, o encienda su lujoso jacuzzi, coman sushi o se broncee  en las paradisiacas playas del caribe, piense un poco, si cada quetzal que está gastando hubiera servido para comprarle un pan a la niña de la esquina que vende panes, atol de elote y añora estar aprendiendo a leer.

 

O en el niño de 10 años que lustra en el parque y tiene que aguantar el sol, el humo, el maltrato de la gente y los golpes de su padre si no lleva para el gasto del día; o en el hombre que se despide en la frontera de su mujer e hijos y tiene que irse de mojado al norte para darles a ellos una vida digna.

 

O en los niños que día a día buscan comida en los basureros y viven en tugurios llenos de láminas oxidadas, sin agua, sin luz, sin drenajes, sin sueños, donde la única televisión son las estrellas de cada noche; o en el vendedor de fruta con pies descalzos que a orillas de la carretera asfáltica  se sube a las camionetas a ofrecer  su cosecha del día.

 

Pregúntese algún día ¿Dónde duermen los vendedores de chicles? ¿Qué pasa por la mente del chofer de transporte urbano y extraurbano cuando tiene temor de ser asesinado? ¿Cuánto paga el comerciante semana a semana al marero que pistola en mano llega a recibir la extorsión? ¿Cuántas lágrimas derraman los padres del niño moribundo que no tienen como comprar medicinas? ¿De qué tamaño es la dignidad del hombre de clase media que estira su quincena para alimentar a su familia y encima, pagar la renta? ¿Cuántos años necesita la familia del acribillado a sangre fría, para recuperarse del trauma? Piense en todo ello, piense en cosas que desde su carro último modelo nunca verá.  Quizás así, algún día, le sea devuelta la dignidad que perdió hace mucho tiempo.

 

Bien lo decía el gran Martin Luther King: Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del silencio de los bondadosos. 

En las condiciones presentes parece absolutamente seguro que la institución-ciudad está destinada a sobrevivir, que para sobrevivir tendrá que reformarse y que la reforma hará la arquitectura, siempre que logre imponer su propia ética y la lógica propia de su disciplina a los grupos que, de hecho, detentan el poder de decidir la suerte de la ciudad. Es necesario, entonces, que se termine de considerar a al arquitectura como una de las bellas artes y se reconozca que es la primera de las técnicas urbanas, a la que corresponde la total responsabilidad de la gestión de la ciudad y sus transformaciones.

 

Es cierto que la historia de la arquitectura moderna no es solamente la historia de su ignominiosa reducción a técnica de explotación. Hay muchos arquitectos que han dado instrucciones precisas para la utilización racional de los espacios urbanos y han proyectado y –a veces- construido edificios que constituyen verdaderos modelos: también la arquitectura moderna tiene sus obras maestras, aunque se trate de lugares de trabajo o de viviendas económicas y no de monumentos.

 

Los grandes arquitectos han sido poco escuchados, pero es indudable que no han propuesto la conservación en vez del desarrollo sino que han propuesto diversos modos y tipos de desarrollo. Lo que los volvió impopulares y, durante el fascismo y el nazismo, los expuso hasta a la persecución política fue la lógica elemental gracias a la cual afirmaban que las viviendas de los terrenos y los empresarios.

 

Ellos también sabían que la ciudad es un sistema de información y comunicación y que la cultura moderna no es más que un sistema más amplio pero homogéneo e información y comunicación. Ellos, con todo, no se preguntaron si el advenimiento de una cultura de masas implicaba necesariamente la revocación de la autonomía individual y la renuncia a cualquier capacidad de reflexión y decisión. En otros términos, esos maestros se proponían afrontar y resolver una crisis de la que muchos otros querían aprovecharse, empeorándola.

 

Los arquitectos que trabajaron entre las dos guerras –se trate de Le Corbusier o de Wright, de Gropius, de Mies van der Rohe o de Aalto- eran conscientes de que aún estaban ligados ideológicamente a las premisas filosóficas del Iluminismo y de la revolución francesa y se esforzaron lealmente por profundizar el proceso apenas iniciado e inmediatamten reprimido de secularización de la cultura y por tanto, también de la arquitectura.

 

Contestaban el mito o la metafísica del arquitecto demiurgo que repetía el acto creador de Dios para que sirviera de modelo a los mortales en la prosecusión de la obra creadora; declinaron la misión pantocrática de imponer a la vida de los hombres el orden y la armonía de lo divino, comprendieron que como los laicos de la cultura debían hacer tabla rasa no solo de una larga tradición son del lenguaje formal con el que se revelaba y comunicaba aquel mensaje sobrenatural. Se daban cuenta de que, libres de la obligación de uniformar la arquitectura con las leyes de la gravedad, libres también de lo que había parecido la relación inmutable entre materia y forma, la dimensión del espacio no tenía más límite que el de una técnica en rápido y valeroso progreso.

 

Ya no podían seguir subordinando su trabajo, que querían que comprometida investigación, a ningún principio de autoridad y el principio de autoridad inderogable y constante de la arquitectura era el clasicismo con su morfología condicionada por el traslado de las leyes cósmicas de la gravedad de los cuerpos a la estática de la arquitectura.

 

Finalmente la arquitectura moderna se lideraba de la representación, como de la pintura de los mismos años se iba liberando de la figuración. Es por ello que el equilibrio entre la arquitectura y la cultura debe tener un punto de apoyo común: el deseo de superarse, de hacer una sociedad mejor, de involucrase y de tratar de cambiar paulatinamente todo lo que está mal hacia un mejor futuro. 

Últimamente en redes sociales ha circulado la noticia del lanzamiento del Plan de Ordenamiento Territorial -POT- del 2 al 4 de agosto del año en curso en las instalaciones de Casa No’j, definitivamente una noticia que a los urbanistas nos llena de alegría y a la vez muchas interrogantes, porque una ciudad como Quetzaltenango, segunda en importancia en el territorio guatemalteco, necesita urgentemente que se empiece a realizar este plan.

 

Pero ¿Qué es un POT? Plantearé lo que según mi experiencia en urbanismo puedo constatar: El Plan de Ordenamiento Territorial (POT) es un instrumento técnico y normativo para ordenar el territorio municipal o distrital. En Colombia, según la Ley 388 de 1997 lo definieron como el conjunto de objetivos, directrices, políticas, estrategias, metas, programas, actuaciones y normas, destinadas a orientar y administrar el desarrollo físico del territorio y la utilización del suelo.

 

El POT se constituye en una carta de navegación para ordenar el suelo urbano y rural, con el fin de consolidar un modelo de ciudad en el largo plazo y para ello diseña una serie de instrumentos y mecanismos que contribuyen a su desarrollo.

 

¿Para qué sirve? El POT sirve para orientar y priorizar las inversiones en el territorio tanto del sector público como del sector privado, es decir, define dónde se construyen los parques, los colegios, los hospitales, dónde se ubica la vivienda, las oficinas, los comercios e industrias.

 

Según la cantidad de personas que habitan el territorio quetzalteco, el instrumento a emplear es un Plan de Ordenamiento Territorial, que son elaborados y adoptados por las autoridades de los distritos y municipios con población superior a los 100.000 habitantes.

 

Pero ¿Qué contiene este tipo de instrumentos? En primer lugar un “Componente general” que establece políticas, objetivos, estrategias y contenidos estructurales de largo plazo, 12 años para todo el territorio municipal. El contenido estructural hace referencia a: áreas de preservación y conservación ambiental, amenaza y riesgos, patrimonio urbanístico, arquitectónico y arqueológico, clasificación del suelo urbano, rural y de expansión, entre otros.

 

Además un “Componente urbano”: acciones, programas y normas para encauzar y administrar el desarrollo físico urbano (suelo urbano y de expansión) y contenidos de corto y mediano plazo (8 años). El contenido de corto y mediano plazo hace referencia a: Normas urbanísticas, tratamientos y actuaciones urbanísticas, ocupación y usos del suelo, infraestructura vial y de servicios públicos, equipamientos, vivienda, instrumentos de gestión y financiación, entre otros.

 

También un “Componente rural”: acciones, programas y normas para orientar y garantizar la conveniente utilización del suelo rural y su interacción con la cabecera municipal contenidos de corto y mediano plazo (8 años). El contenido de corto y mediano plazo hace referencia a: áreas de preservación y conservación ambiental, amenaza y riesgo, ocupación y usos del suelo, infraestructura vial y de servicios públicos, equipamientos, vivienda, entre otros.

 

Y por último un “Programa de ejecución”: actuaciones sobre el territorio previstas en el POT, que serán ejecutadas durante el periodo de la correspondiente administración municipal (4 años, 8 años y 12 años).

 

Ojalá esta semana muchos vecinos de Quetzaltenango pudieran empaparse de lo que consiste el POT, sin lugar a dudas es lo más interesante y beneficioso de esta semana para el futuro de esta bella ciudad. En otra ocasión comentaré acerca del llamado “periférico sur” que traerá enormes beneficios y será un desahogo vehicular a la ciudad, aunque algunas organizaciones estén en contra del mismo. 

En las condiciones presentes parece absolutamente seguro que la institución-ciudad está destinada a sobrevivir, que para sobrevivir tendrá que reformarse y que la reforma la hará la arquitectura, siempre que logre imponer su propia ética y la lógica propia de su disciplina a los grupos que, de hecho, detentas el poder de decidir la suerte de la ciudad.

 

Es necesario entonces, que se termine de considerar a la arquitectura como una de las bellas artes y se reconozca que es la primera de las técnicas urbanas, a la que corresponde la total responsabilidad de la gestión de ciudad y sus transformaciones.

 

Es cierto que la historia de la arquitectura moderna no es solamente la historia de su ignominiosa reducción a la técnica de la explotación. Hay muchos arquitectos que han dado instrucciones precisas para la utilización racional de los espacios urbanos y han proyectado y –a veces- construido edificios que constituyen verdaderos modelos; también la arquitectura moderna tiene sus obras maestras, aunque se trate de lugares de trabajo o de vivencias económicas y no de monumentos.

 

Los grandes arquitectos han sido poco escuchados, pero es indudable que no han propuesto la conservación en vez del desarrollo sino que han propuesto diversos modos y tipos de desarrollo. Lo que los volvió impopulares y, durante el fascismo y el nazismo, los expuso hasta a la persecución política fue la lógica elemental gracias a la cual afirmaban que las viviendas de los trabajadores debían hacerse para los trabajadores y no para el provecho de los propietarios de los terrenos y los empresarios.

 

Ellos también sabían que la ciudad es un sistema de información y comunicación y que la cultura moderna no es más que un sistema más amplio pero homogéneo de información y comunicación. Ellos, con todo, no se preguntaron si el advenimiento de una cultura de masas implicaba necesariamente la revocación de la autonomía individual y la renuncia a cualquier capacidad de reflexión y decisión. En otros términos, esos maestros se proponían afrontar y resolver una crisis de la que muchos otros querían aprovecharse, empeorándola.

 

En la cuarta y última parte, terminaré de dar a conocer como la cultura y la arquitectura, según mi experiencia, pueden convivir armoniosamente y crear entornos propicios para que se construya un mejor contexto de ciudad, de país y de región centroamericana, algo de lo que nuestros descendientes se sientan orgullosos  e identificados algún día. 

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