Enero 18, 2018

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La mafia venezolana

Noviembre 29, -0001

Como es de costumbre los últimos años, los delirios del necrófilo venezolano principal, Nicolás Maduro (quien se acostumbra a andar meses con los cadáveres, hablar con los muertos y dormir sobre las tumbas), provocan más pena que gracia. A decir la verdad y poniéndose en los zapatos de los venezolanos, poca gracia ha de provocar este caricaturesco personaje caribeño.

 

Los últimos días hemos presenciado más ataques de la histeria de lo habitual. En su afán de tapar el sol con un dedo y manipular a los ingenuos y a los tontos útiles (a los europeos, principalmente), Maduro, de boca de sus embajadas, vuelve a acusar - ¡cuándo no! – de mentirosos a los periodistas, a los políticos de oposición y a medio mundo, alegando “las afirmaciones tendenciosas e inexactitudes que suponen una injusta y excesivamente negativa representación del Gobierno Bolivariano”. No sé de los europeos, si lo han tragado o no, pero a los venezolanos que a diario pasan las penurias “revolucionarias” y a los que vivimos en la vecindad, en América Latina, no se nos puede engañar tan fácil con estos mamarrachos epistolares dirigidos a los medios de comunicación europeos.

 

Bueno, dejemos en la conciencia de estos diplomáticos “bolivarianos” de pacotilla con su conciencia, pero nadie puede olvidar a los centenares de muertos y a los miles de detenidos por órdenes directas de Maduro, los juicios arbitrarios fuera de cualquier legalidad y ni hablar de los vestigios de la otrora prosperidad económica venezolana. Volviendo a las histerias de Maduro: ya a nadie le sorprenden las pataletas del camionero y sus gritos injuriosos hacia los EEUU.

 

Estos días su nivel de espumosidad bucal sobrepasa los límites de lo normal al vociferar que impondrá las sanciones financieras a los EEUU (hasta suena ridículo eso) o cuando anunció hace un par de años que los estadounidenses necesitaban solicitar el visado para ingresar a Venezuela. Aunque Venezuela está en su derecho de imponer las visas a los países que desee e, incluso, prohibir la entrada a quien decida, pero este griterío de Maduro recordó el ladrido de un chihuahua a un elefante.

 

En primer lugar, y Maduro con su séquito diplomático-propagandístico lo evita mencionar, los EEUU han sido, son y serán a mediano plazo el socio comercial número uno de Venezuela, mientras que la importancia de este sufrido país caribeño para la economía estadounidense en bastante mísera, por no llamarla insignificante. Venezuela no entra siquiera entre los 10 socios comerciales principales de los EEUU.

 

Además, existe en Latinoamérica en general y en Venezuela en particular, sobre todo entre los burócratas y los que por gracia de destino llegan al poder, abrir sus cuentas bancarias en los bancos de tan odiados EEUU e invertir en las propiedades de tan despreciables Miami, Los Ángeles o Nueva York. Seguro, lo hacen con todo el asco del mundo. Y este “patriotismo financiero y económico” es el talón de Aquiles de la cúpula socialista venezolana.

 

Es por eso que Maduro echa espuma por la boca cuando los EEUU imponen el embargo y sanciones a los funcionarios venezolanos. La verdad, qué cómodo amar la patria y a Chávez teniendo los millones en los bancos más seguros del mundo e invertidos en la economía más grande y próspera del mundo. ¡Vaya patriotismo!

 

Dicho sea de paso, Maduro y sus “revolucionarios” no son los únicos patriotas-baratijas. Por ejemplo, la íntima de Maduro, Cristina Fernández, educó tan bien a su hija en materia de inversiones que esta se fue por lo seguro: propiedades en Nueva York. Correa estudió economía (o “estudió”, mejor dicho) en los EEUU, y no con los recursos propios. Los castristas también aman su patria desde los lujos…

 

En los propios EEUU el anuncio de que los yankees ya no podrán ir de shopping a Caracas provocó carcajadas. Exactamente lo mismo sucedió cuando Putin impuso “sanciones” a los EEUU y creó una “lista negra” de los funcionarios gringos a quienes vetó la entrada en Rusia y a sus paradisíacos balnearios (lo digo con sarcasmo, por supuesto). Sin embargo, lejos de las risas, la razón de esta medida de Maduro se va más allá. Parece que la verdadera razón no es morder a los estadounidenses – al fin, Maduro y sus asesores saben lo ridículo que sería esto – sino prohibir la entrada a los venezolanos que en su momento migraron la norte. Otra vez acciona contra sus propios ciudadanos, típico de los dictadorzuelos.

 

Los presidentes estadounidenses Barack Obama y su sucesor Donald Trump impusieron más sanciones a más burócratas venezolanos (pues sí, que guarden su dinero en su amada patria revolucionaria) y declararon Venezuela como una amenaza para la seguridad nacional.

 

A pesar de que es obvio que son sanciones a unas cuantas personas particulares, a sus cuentas y sus bienes, otra vez Maduro tiembla anunciando que los EEUU destruyen la economía de Venezuela. Recordando que los EEUU es el socio comercial principal de Venezuela, se puede afirmar (y esperar que así sea) que el gobierno corrupto y mafioso de Maduro ahora de verdad está en la cuerda floja.

La lealtad de los soldados venezolanos se está debilitando. La historia reciente muestra desde la primavera árabe, hasta los golpes latinoamericanos, que cuando los militares retiran el apoyo al líder la caída es inminente.

 

Por eso es que si el ejército venezolano retira el apoyo al presidente Nicolás Maduro, su fin puede estar cerca. Una gran clase media ha sido empujada a la pobreza en

 

Venezuela. La alimentación y la medicina son escasas, mientras que la malnutrición es generalizada. Las fuerzas de seguridad han golpeado violentamente a los manifestantes de la oposición y encarcelado a importantes figuras opositoras.

 

El que preside este autentico desastre es precisamente Maduro, quien fuera elegido por estrecho margen en marzo de 2013 tras la muerte de Hugo Chávez. En medio de la impresionante declinación de su popularidad tanto dentro como fuera de Venezuela, ¿qué harán los militares?

 

Una mirada breve a la investigación sobre las relaciones cívico-militares en América Latina y otras regiones señala que la lealtad de un ejército a un régimen puede vacilar cuando se enfrenta a protestas masivas. Si el ejército le da lealtad a un líder, ello tiene un precio. Pero si las fuerzas armadas retiran su apoyo permaneciendo en sus cuarteles y rechazando silenciar las protestas, los días del líder están contados.

 

La historia nos muestra que en América Latina, las antiguas repúblicas soviéticas, y el Medio Oriente,  cuando el número de manifestantes aumenta, la policía a menudo se retira porque no está equipada para contener manifestaciones masivas. Es en ese momento cuando las fuerzas armadas deciden quedarse en sus cuarteles en lugar de dirigirse a las calles para hacer cumplir el orden, y los líderes políticos caen rápidamente del poder.

 

Esto ocurrió por ejemplo en Argentina en diciembre de 2001 cuando el presidente Fernando de la Rúa presidió un colapso financiero de proporciones épicas. Los ciudadanos ya no podían retirar dinero de sus cuentas de cheques y de ahorro, lo que provocaba disturbios y saqueos generalizados. Cuando el presidente pidió a sus militares que intervinieran para restablecer el orden, estos se negaron. Inmediatamente después, De la Rúa se vio obligado a huir para salvar su vida en helicóptero desde la azotea del palacio presidencial.

 

Situaciones similares se desarrollaron durante los levantamientos revolucionarios en Georgia (2003) y Ucrania (2004), y más recientemente en Túnez (2010) y Egipto (2011), durante la Primavera Árabe. Después de que los militares en cada uno de esos países hicieron saber que no se silenciaría a los manifestantes, los presidentes se vieron obligados a dimitir. En la propia Venezuela en 2002, el presidente Hugo Chávez fue momentáneamente expulsado del poder después de haber ordenado a los militares que sometieran violentamente una manifestación masiva. Los soldados se negaron a obedecer, y en cambio, muchos participaron en el complot golpista para derrocarlo.

 

Los procesos políticos no son nunca exactos, y no pueden ser previstos de la misma manera que un experimento controlado, pero podría pensarse que la situación se acerca a un final similar. Los militares venezolanos tendrán que sopesar sus opciones, a la luz de dos posibilidades importantes.

 

Si los militares participaran en una represión violenta, tal situación los pondría en una posición vulnerable si el presidente termina cayendo por otros medios. Un nuevo gobierno probablemente llegará al poder, lanzará investigaciones sobre derechos humanos y juicios contra los perpetradores, poniendo en peligro la carrera de muchos oficiales.

 

En un escenario distinto, el gobierno de Maduro se sostiene, pero el ejército está dividido por el conflicto dentro de sus filas. Muchos oficiales de rango medio o inferior en Venezuela no solo están ideológicamente menos comprometidos, sino que tienen menos privilegios económicos.

 

 

Podrían simpatizar fácilmente con la difícil situación de millones de venezolanos ordinarios. Es de estas filas que han surgido los últimos grupos militares rebeldes. Si estos elementos rebeldes crecen, pueden llegar a los golpes con los leales, colocando en peligro la cohesión de los militares y poniendo en aprietos de cualquier manera la base que sostiene a Maduro. De cualquier manera e independientemente de lo que suceda, no hay mal que dure cien años.

La lealtad de los soldados venezolanos se está debilitando. La historia reciente muestra desde la primavera árabe, hasta los golpes latinoamericanos, que cuando los militares retiran el apoyo al líder la caída es inminente.

 

 

Por eso es que si el ejército venezolano retira el apoyo al presidente Nicolás Maduro, su fin puede estar cerca. Una gran clase media ha sido empujada a la pobreza en Venezuela. La alimentación y la medicina son escasas, mientras que la malnutrición es generalizada. Las fuerzas de seguridad han golpeado violentamente a los manifestantes de la oposición y encarcelado a importantes figuras opositoras.

 

 

El que preside este autentico desastre es precisamente Maduro, quien fuera elegido por estrecho margen en marzo de 2013 tras la muerte de Hugo Chávez. En medio de la impresionante declinación de su popularidad tanto dentro como fuera de Venezuela, ¿qué harán los militares?
 
Una mirada breve a la investigación sobre las relaciones cívico-militares en América Latina y otras regiones señala que la lealtad de un ejército a un régimen puede vacilar cuando se enfrenta a protestas masivas. Si el ejército le da lealtad a un líder, ello tiene un precio. Pero si las fuerzas armadas retiran su apoyo permaneciendo en sus cuarteles y rechazando silenciar las protestas, los días del líder están contados.
 
La historia nos muestra que en América Latina, las antiguas repúblicas soviéticas, y el Medio Oriente,  cuando el número de manifestantes aumenta, la policía a menudo se retira porque no está equipada para contener manifestaciones masivas. Es en ese momento cuando las fuerzas armadas deciden quedarse en sus cuarteles en lugar de dirigirse a las calles para hacer cumplir el orden, y los líderes políticos caen rápidamente del poder.
 
Esto ocurrió por ejemplo en Argentina en diciembre de 2001 cuando el presidente Fernando de la Rúa presidió un colapso financiero de proporciones épicas. Los ciudadanos ya no podían retirar dinero de sus cuentas de cheques y de ahorro, lo que provocaba disturbios y saqueos generalizados. Cuando el presidente pidió a sus militares que intervinieran para restablecer el orden, estos se negaron. Inmediatamente después, De la Rúa se vio obligado a huir para salvar su vida en helicóptero desde la azotea del palacio presidencial.
 
Situaciones similares se desarrollaron durante los levantamientos revolucionarios en Georgia (2003) y Ucrania (2004), y más recientemente en Túnez (2010) y Egipto (2011), durante la Primavera Árabe. Después de que los militares en cada uno de esos países hicieron saber que no se silenciaría a los manifestantes, los presidentes se vieron obligados a dimitir. En la propia Venezuela en 2002, el presidente Hugo Chávez fue momentáneamente expulsado del poder después de haber ordenado a los militares que sometieran violentamente una manifestación masiva. Los soldados se negaron a obedecer, y en cambio, muchos participaron en el complot golpista para derrocarlo.
 
Los procesos políticos no son nunca exactos, y no pueden ser previstos de la misma manera que un experimento controlado, pero podría pensarse que la situación se acerca a un final similar. Los militares venezolanos tendrán que sopesar sus opciones, a la luz de dos posibilidades importantes.
 
Si los militares participaran en una represión violenta, tal situación los pondría en una posición vulnerable si el presidente termina cayendo por otros medios. Un nuevo gobierno probablemente llegará al poder, lanzará investigaciones sobre derechos humanos y juicios contra los perpetradores, poniendo en peligro la carrera de muchos oficiales.
 
En un escenario distinto, el gobierno de Maduro se sostiene, pero el ejército está dividido por el conflicto dentro de sus filas. Muchos oficiales de rango medio o inferior en Venezuela no solo están ideológicamente menos comprometidos, sino que tienen menos privilegios económicos.
 
Podrían simpatizar fácilmente con la difícil situación de millones de venezolanos ordinarios. Es de estas filas que han surgido los últimos grupos militares rebeldes. Si estos elementos rebeldes crecen, pueden llegar a los golpes con los leales, colocando en peligro la cohesión de los militares y poniendo en aprietos de cualquier manera la base que sostiene a Maduro. De cualquier manera e independientemente de lo que suceda, no hay mal que dure cien años.

Maduro debe irse

Abril 22, 2017

Las personas con distintos trastornos mentales, vulgarmente llamados “locura”, suelen dar risa o, en los peores casos, pena y lástima. Muchos de ellos son inofensivos, mejor aún si son recluidos en los hospitales psiquiátricos (manicomios) donde son atendidos, mantenidos y alejados de la sociedad, por si acaso, porque nadie puede predecir qué tienen estas personas en la mente y en qué momento su estado pacífico se convertirá en un peligro, tanto para sus familias como para las demás personas.

 

El hecho de que enfermos mentales puedan llegar a gobernar un país entero, dirigir un estado, suena descabellado. Pero sucede. No cabe la menor duda de que los grandes asesinos y genocidas en la historia (Hitler, Stalin, Pol Pot, entre otros) han probado el peligro de los locos en el poder. Y aunque un dicho reza que “el hombre sabio aprende de los errores de los demás”, tal parece que la masa, la misma que toma decisiones en las democracias, prefiere jugar a la ruleta rusa que aprender de los errores de la historia.

 

Los casos más fantasmagóricos donde los locos han llegado al poder son bastantes en la actualidad. Pero los más dramáticos, quizá, son los ejemplos de Rusia y de Venezuela. Si Putin y sus delirios parecen estar lejanos y no preocuparnos en este continente americano, el mal del ilegítimo presidente venezolano Nicolás Maduro está a la vista de todos nosotros a diario, a cada hora de cada día.

 

Haciendo un paréntesis antes de que los amantes de las democracias y los groupies de este pitoniso —quien suele hablar con los pajaritos y contar los penes multiplicados— se indignen por lo de “ilegítimo”, recordemos que Maduro llegó a la presidencia de la Venezuela sufrida con 50,61 por ciento de los votos contra el 49,12 por ciento de otro candidato, Henrique Capriles. Es decir, la “victoria” de Maduro por 1,49% cabe dentro del margen del error estadístico, lo que permite asegurar su ilegitimidad.

 

Regresando a los trastornos mentales, es evidente que este político de procedencia indefinida —Nicolás Maduro—, sufre de uno de los más peligrosos para la sociedad: la paranoia. La página web médica de mayor autoridad, MedlinePlus, describe la paranoia como “una afección de salud mental en la cual una persona tiene un patrón de desconfianza y recelos de los demás en forma prolongada”, cuyos síntomas son (y juzguen ustedes mismos si es, o no, una imagen fiel de Maduro): preocupación porque los demás tienen motivos ocultos; expectativa de que serán explotados (usados) por otros; incapacidad para trabajar junto con otros; aislamiento social; desapego y hostilidad.

 

Lo más aberrante no es este trastorno en sí, sino el sujeto que está gobernando una nación a la que ya ha llevado a un callejón sin salida. Por supuesto que podemos hablar de tomos enteros de los delitos que ha cometido el susodicho y por los que en algún momento deberá ser procesado, mejor en la Corte Penal Internacional; sin embargo, considerando que el delincuente es un loco, surge la duda sobre su plena responsabilidad debido a que su condición mental le impide el buen uso del razonamiento. Dicho de otra manera: lo que lo guía son sus instintos y sus bajas pasiones.

 

En efecto, no existe ni puede existir ninguna explicación lógica sobre las acciones diarias de este “estadista” latinoamericano, el más espurio de las últimas décadas. Cómo explicar que el país que hace apenas 15 años era el mayor productor de energía eléctrica de Sudamérica ahora no es capaz de producir la electricidad.

 

O nadie sabe explicar —de manera racional— cómo en el siglo XXI puede ser posible que la gente no pueda limpiarse, ni siquiera con los periódicos que también son escasos. O que los ciudadanos del país que otrora exportaba alimentos a la mayoría de los países del continente, ahora pasen gran parte de su tiempo en las colas por los alimentos racionados o, en caso de tener recursos, viajan a Aruba a hacer “el súper”.

 

El delirio de persecución es típico entre los paranoicos, según la sintomática que mencionamos arriba. Y no le importa a Nico que todo el mundo civilizado ya se burle de sus “desarticulados planes de desestabilización”, “golpes de Estado” y otras memeces. Eso sí, el enemigo, como es típico en los pacientes con paranoia, debe parecer real y hecho de carne y hueso. En este caso son los EE.UU., “los fascistas”, etc.; en fin, nada nuevo.

 

Lo que podemos observar en Venezuela en la actualidad es una dictadura de las más viles y vulgares. El Estado de Derecho fue gravemente herido aún durante la época del “padre” de Nico, “el pajarito” golpista Hugo Chávez, y rematado por Maduro con la ilegal detención de Leopoldo López, Daniel Ceballos y Antonio Ledezma —por orden directa, no de un juez, como se hace en un país civilizado, sino del propio Maduro. 

 

Y, al fin, el Estado de Derecho recibió el tiro de gracia junto con el asesinato de los jóvenes durante las últimas manifestaciones contra las barbaridades del loco en el poder.

 

El tiempo de reírse de las estupideces de Maduro ya pasó. Ahora urge aislar al enfermo de la sociedad y de la gente civilizada, hasta por el bien del propio Maduro, aunque ya parece ser demasiado tarde.

 

A Maduro y a Chávez les tomó 17 años destruir por completo no solo la economía, sino la sociedad venezolana y lo que queda de ellas; tomará muchos decenios recuperarlas.

El gobierno venezolano se ha vuelto cada vez más autoritario, pero fue con el golpe a la Asamblea Nacional cuando atacó abiertamente la democracia por primera vez.

 

Fue el 29 de marzo cuando el Tribunal Supremo de Venezuela, controlado por el poder ejecutivo, asumió las funciones de la Asamblea Nacional. Aunque esta no es la primera vez que el gobierno venezolano trata de expandir su control sobre otras instituciones, a diferencia de las anteriores, esta decisión ha funcionado en contra de la administración del presidenteNicolás Maduro,y podría activar finalmente el cambio de régimen.

 

Durante las dos últimas décadas, la democracia en América Latina en general, ha comenzado a corroerse. Los presidentes elegidos democráticamente como Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, o Daniel Ortega en Nicaragua, han utilizado enmiendas constitucionales para aumentar los poderes del ejecutivo y permanecer en el cargo indefinidamente. Solos, cada una de sus enmiendas no representaba una fuerte amenaza contra la democracia. Pero juntos, han convertido a estos países en regímenes autoritarios con fachada de democracia. 

 

A diferencia de las dictaduras militares que gobernaron países como Brasil de 1964 a 1985, Chile de 1973 a 1990, Argentina  de 1976 a 1983, o una sucesión de gobiernos militares en Guatemala de 1960 a 1986, el comandante Chávez, el presidente Morales, el ex presidente Correa, o el eterno Daniel Ortega, no tomaron el poder por la fuerza. No cerraron el Congreso, ni los tribunales, ni siquiera cancelaron las elecciones. Por el contrario, ellos urdieron asambleas constitucionales elegidas a nivel nacional, celebraron referendos, y legitimaron su autoridad mediante elecciones especiales.

 

En Venezuela, Chávez y, más recientemente, Maduro, celebraron un total de 11 elecciones legales, mientras concentraron el poder ejecutivo, destruyeron el sistema de controles, y redujeron los derechos civiles. Imponer sanciones internacionales contra un régimen que mantiene tal fachada democrática es difícil. Sin una clara amenaza contra la democracia, cualquier movimiento de la comunidad internacional podría ser visto como una violación de la soberanía venezolana.

 

A nivel nacional, los grupos que se oponen a los presidentes que intentan afectar la democracia se enfrentan también a una situación difícil. A diferencia de los golpes civiles o militares, la decadencia de la democracia se produce con el tiempo, dando a la oposición amplias oportunidades para luchar. Sin embargo, debido a que mantienen una fachada democrática, los presidentes dispuestos a socavar la democracia son difíciles de contrarrestar. Era fácil afirmar que Augusto Pinochet era un dictador. Alcanzó el poder por la fuerza e inmediatamente cerró las instituciones democráticas, canceló las elecciones, y comenzó a eliminar a sus oponentes políticos.  

 

No es tan fácil en el caso de Maduro, pues llegó al poder "democráticamente", dejó el Congreso y los tribunales abiertos, celebró elecciones, y permitió que la oposición se presentara a ellas. A pesar de que las contiendas electorales no han sido libres o justas en Venezuela desde 2008, la fachada democrática ha hecho difícil convencer a los ciudadanos de que se vuelvan contra el gobierno. Esto podría haber virado con la decisión de ese 29 de marzo, Maduro podría estar comenzando a caer. Con los últimos acontecimientos parece que ni la oposición ni el gobierno están dispuestos a retroceder.

 

Nicolás Maduro ha utilizado la violencia para reprimir las manifestaciones pacíficas de la oposición, pero el MUD sigue llamando a la gente a las calles. Con sus violentas acciones dentro y fuera de la institucionalidad, el gobierno abrió una ventana de oportunidad para la oposición. Al amenazar abiertamente lo poco que quedaba de la democracia venezolana, la administración disminuyó su legitimidad en el país y en el extranjero.

 

En ese contexto, las protestas pacíficas son una herramienta muy valiosa, casi inestimable. Es probable que estas aumenten la presión contra el gobierno, aunque este resultado no traerá automáticamente una vuelta a la democracia verdadera, sí podría marcar el inicio del retorno a una.