Diciembre 15, 2017

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El Caribe se enfrenta a un segundo huracán de gran magnitud en pocas semanas. La extrema vulnerabilidad de la región ante el desastre también refleja profundas desigualdades sociales.

 

El huracán María, la decimoquinta depresión tropical de esta temporada, ha llegado al Caribe con todo lo que tiene, apenas dos semanas después de que el huracán Irma también causara estragos en la región. Entre las islas del Caribe afectadas por las dos tormentas mortales se encuentran Puerto Rico, San Cristóbal, Tórtola y Barbuda. En esta región, los daños por desastres se amplifican con frecuencia por recuperaciones innecesariamente prolongadas e incompletas. En el 2004, el huracán Iván rodó por el Caribe con velocidades de viento de hasta ciento sesenta kilómetros por hora. 

 

La economía de la región tardó más de tres años en recuperarse. El superávit de $17 millones que tenía hasta poco antes Granada se convirtió en un déficit de 54 millones de dólares, gracias a la disminución de los ingresos y los gastos de rehabilitación y reconstrucción. Estos no son ejemplos aislados de mala suerte. De hecho, varios geógrafos que estudian la percepción del riesgo y la ecología política, reconocen que las causas están ubicadas en raíces mucho más profundas que el azar, y que son en su mayoría inducidas por el hombre, el cambio climático, la desigualdad y el subdesarrollo de las antiguas colonias, que aumentan la vulnerabilidad del Caribe a los desastres.

 

Cuando hay vulnerabilidad y pobreza

El riesgo de desastres es una función tanto de la exposición a riesgos físicos de un lugar, es decir, de cómo está directamente amenazada por un desastre,  y de su vulnerabilidad social, específicamente, cuán resistente se puede llegar a ser. En la mayoría de las islas del Caribe, la exposición al riesgo es casi la misma, pero la investigación muestra que la pobreza y la desigualdad social aumentan drásticamente la gravedad de los desastres.

 

Haití, donde ocho de cada 10 personas viven con menos de 4 dólares al día, ofrece un ejemplo de cómo el capitalismo, el género y la historia convergen en un daño compuesto para las tormentas y desastres naturales. Haití está entre los más pobres del hemisferio occidental en gran parte debido a su historia con el imperialismo. Después de que los haitianos derrotaron con éxito a los esclavistas europeos en 1804, las potencias globales ahogaron económicamente la isla. De 1915 a 1934, Estados Unidos la ocupó primero militarmente, y luego con una política de intervención que sigue teniendo efectos duraderos en su gobierno.

 

Condiciones de geografía y género

La desigualdad y el subdesarrollo son quizás menos acentuados en el resto del Caribe, pero por ejemplo en Antigua y Barbuda los problemas socioeconómicos están complicando la preparación y la respuesta ante los desastres. En toda la región, la gente gasta la mayor parte de sus ingresos en artículos esenciales diarios como alimentos, agua potable, refugio y medicamentos, y cuentan con muy poco o ningún tejado resistente a los huracanes, contraventanas, generadores solares o botiquines de primeros auxilios.

 

Las mujeres del Caribe también seguirán teniendo un riesgo particular después de que María haya pasado. En una región en la que los roles de género siguen siendo rígidos, las mujeres suelen encargarse del cuidado de los niños, la cosecha, la cocina, o la limpieza

 

Incluso en contextos posteriores a desastres, se espera que las mujeres lleven a cabo tareas domésticas. Así, cuando las fuentes de agua están contaminadas, las mujeres se exponen primero y desproporcionadamente a la enfermedad.

 

La política tampoco hace su parte

Muchos gobiernos contemporáneos de la región tampoco contribuyen para mejorar las condiciones de las comunidades marginadas. En Trinidad y Tobago, la desinversión en la educación pública ha dañado a los estudiantes universitarios de clase trabajadora, los jóvenes de comunidades de bajos ingresos y los adultos mayores que anteriormente eran elegibles para ayuda financiera.

 

Cuando las tormentas amenazan, tales políticas y prácticas intensifican los riesgos sociales y ecológicos del Caribe. Irma y María no son seguramente los últimos desastres extremos que afectarán a la región. Para sobrevivir y prosperar en esta peligrosa nueva normalidad, los países del Caribe harían bien en mirar al corazón de estas cuestiones, repensar el concepto de riesgo y comprometerse conscientemente con factores como la pobreza, el género y el cambio climático.

El 31 de agosto se cumplió el vigésimo aniversario de la impresionante y trágica muerte de la princesa Diana en París, Francia. Y las distintas teorías sobre el accidente siguen encendidas. A medida que la noticia circulaba rápidamente, las teorías sobre las causas del accidente dela princesa Diana también se extendieron, con algunos virando hacia la conspiración. ¿Los despiadados paparazzi, en persecución del coche, hicieron que el conductor entrara en pánico? ¿La asesinó la familia real para evitar un embarazoso matrimonio?

 

Veinte años después, estas teorías conspiratorias aún persisten. Algunos sugirieren que el MI6, el Servicio Secreto de Inteligencia Británico, causó el accidente al cegar al conductor de Diana con una luz estroboscópica. Se pensó que la familia real quería evitar que Diana se casara con su novio, Dodi Al Fayed, hijo de un prominente multimillonario egipcio.

 

Algunos también tienen sospechas acerca de la respuesta de emergencia al accidente. La llamada inicial notificando a los servicios de emergencia llegó a las 12:26 am. Y Diana llegó al Hospital Pitié-Salpêtrière de París (a 3.5 millas de distancia) a las 2:06 de la mañana, más de 90 minutos después. ¿Podría haber sido salvada? ¿Por qué la respuesta fue tan lenta?

 

La mayoría de estas teorías resultaron ser erróneas o engañosas. En 2008, después de una larga investigación, la Policía Metropolitana de Reino Unido informó que la muerte fue causa simple y sencillamente de un "trágico accidente", señalando que el conductor de Diana había estado borracho. Pero ni esto acabó con la intriga.

 

Los expertos aseguran que la creencia en las teorías de la conspiración surge más de un rechazo a aceptar el azar de la vida y la tragedia, que de la existencia de evidencia (o la falta de ella). De hecho, muchos se sienten atraídos por lo que el escritor científico Michael Shermer ha denominado "agenticidad", que es la tendencia a infundir patrones con significado y agenciamiento. Es la idea de que alguien, en algún lugar, desde Dios hasta los conspiradores humanos, juega un papel en todo lo que nos sucede.

 

Así que cuando interpretamos la tragedia a través de una lente de conspiración, ya sea la muerte de la princesa Diana o el asesinato de Kennedy, resulta extrañamente tranquilizador. Los detalles más pequeños de la lógica pueden ser arrastrados por nuestra compulsión de "conectar los puntos", creando un mundo en blanco y negro de villanos hipercompetentes que pueden lograr cualquier cosa. Nuestra cosmovisión es reafirmada de esta forma y todo se puede explicar.

 

Pensar simplemente en la muerte de la princesa Diana como un "trágico accidente" nos da menos control sobre su propio destino. No importa lo desordenados que puedan ser los detalles de una teoría de la conspiración, esos detalles calman nuestro propio sentido de valor y lugar en el mundo. Muy curioso...

 

La lealtad de los soldados venezolanos se está debilitando. La historia reciente muestra desde la primavera árabe, hasta los golpes latinoamericanos, que cuando los militares retiran el apoyo al líder la caída es inminente.

 

Por eso es que si el ejército venezolano retira el apoyo al presidente Nicolás Maduro, su fin puede estar cerca. Una gran clase media ha sido empujada a la pobreza en

 

Venezuela. La alimentación y la medicina son escasas, mientras que la malnutrición es generalizada. Las fuerzas de seguridad han golpeado violentamente a los manifestantes de la oposición y encarcelado a importantes figuras opositoras.

 

El que preside este autentico desastre es precisamente Maduro, quien fuera elegido por estrecho margen en marzo de 2013 tras la muerte de Hugo Chávez. En medio de la impresionante declinación de su popularidad tanto dentro como fuera de Venezuela, ¿qué harán los militares?

 

Una mirada breve a la investigación sobre las relaciones cívico-militares en América Latina y otras regiones señala que la lealtad de un ejército a un régimen puede vacilar cuando se enfrenta a protestas masivas. Si el ejército le da lealtad a un líder, ello tiene un precio. Pero si las fuerzas armadas retiran su apoyo permaneciendo en sus cuarteles y rechazando silenciar las protestas, los días del líder están contados.

 

La historia nos muestra que en América Latina, las antiguas repúblicas soviéticas, y el Medio Oriente,  cuando el número de manifestantes aumenta, la policía a menudo se retira porque no está equipada para contener manifestaciones masivas. Es en ese momento cuando las fuerzas armadas deciden quedarse en sus cuarteles en lugar de dirigirse a las calles para hacer cumplir el orden, y los líderes políticos caen rápidamente del poder.

 

Esto ocurrió por ejemplo en Argentina en diciembre de 2001 cuando el presidente Fernando de la Rúa presidió un colapso financiero de proporciones épicas. Los ciudadanos ya no podían retirar dinero de sus cuentas de cheques y de ahorro, lo que provocaba disturbios y saqueos generalizados. Cuando el presidente pidió a sus militares que intervinieran para restablecer el orden, estos se negaron. Inmediatamente después, De la Rúa se vio obligado a huir para salvar su vida en helicóptero desde la azotea del palacio presidencial.

 

Situaciones similares se desarrollaron durante los levantamientos revolucionarios en Georgia (2003) y Ucrania (2004), y más recientemente en Túnez (2010) y Egipto (2011), durante la Primavera Árabe. Después de que los militares en cada uno de esos países hicieron saber que no se silenciaría a los manifestantes, los presidentes se vieron obligados a dimitir. En la propia Venezuela en 2002, el presidente Hugo Chávez fue momentáneamente expulsado del poder después de haber ordenado a los militares que sometieran violentamente una manifestación masiva. Los soldados se negaron a obedecer, y en cambio, muchos participaron en el complot golpista para derrocarlo.

 

Los procesos políticos no son nunca exactos, y no pueden ser previstos de la misma manera que un experimento controlado, pero podría pensarse que la situación se acerca a un final similar. Los militares venezolanos tendrán que sopesar sus opciones, a la luz de dos posibilidades importantes.

 

Si los militares participaran en una represión violenta, tal situación los pondría en una posición vulnerable si el presidente termina cayendo por otros medios. Un nuevo gobierno probablemente llegará al poder, lanzará investigaciones sobre derechos humanos y juicios contra los perpetradores, poniendo en peligro la carrera de muchos oficiales.

 

En un escenario distinto, el gobierno de Maduro se sostiene, pero el ejército está dividido por el conflicto dentro de sus filas. Muchos oficiales de rango medio o inferior en Venezuela no solo están ideológicamente menos comprometidos, sino que tienen menos privilegios económicos.

 

 

Podrían simpatizar fácilmente con la difícil situación de millones de venezolanos ordinarios. Es de estas filas que han surgido los últimos grupos militares rebeldes. Si estos elementos rebeldes crecen, pueden llegar a los golpes con los leales, colocando en peligro la cohesión de los militares y poniendo en aprietos de cualquier manera la base que sostiene a Maduro. De cualquier manera e independientemente de lo que suceda, no hay mal que dure cien años.

La lealtad de los soldados venezolanos se está debilitando. La historia reciente muestra desde la primavera árabe, hasta los golpes latinoamericanos, que cuando los militares retiran el apoyo al líder la caída es inminente.

 

 

Por eso es que si el ejército venezolano retira el apoyo al presidente Nicolás Maduro, su fin puede estar cerca. Una gran clase media ha sido empujada a la pobreza en Venezuela. La alimentación y la medicina son escasas, mientras que la malnutrición es generalizada. Las fuerzas de seguridad han golpeado violentamente a los manifestantes de la oposición y encarcelado a importantes figuras opositoras.

 

 

El que preside este autentico desastre es precisamente Maduro, quien fuera elegido por estrecho margen en marzo de 2013 tras la muerte de Hugo Chávez. En medio de la impresionante declinación de su popularidad tanto dentro como fuera de Venezuela, ¿qué harán los militares?
 
Una mirada breve a la investigación sobre las relaciones cívico-militares en América Latina y otras regiones señala que la lealtad de un ejército a un régimen puede vacilar cuando se enfrenta a protestas masivas. Si el ejército le da lealtad a un líder, ello tiene un precio. Pero si las fuerzas armadas retiran su apoyo permaneciendo en sus cuarteles y rechazando silenciar las protestas, los días del líder están contados.
 
La historia nos muestra que en América Latina, las antiguas repúblicas soviéticas, y el Medio Oriente,  cuando el número de manifestantes aumenta, la policía a menudo se retira porque no está equipada para contener manifestaciones masivas. Es en ese momento cuando las fuerzas armadas deciden quedarse en sus cuarteles en lugar de dirigirse a las calles para hacer cumplir el orden, y los líderes políticos caen rápidamente del poder.
 
Esto ocurrió por ejemplo en Argentina en diciembre de 2001 cuando el presidente Fernando de la Rúa presidió un colapso financiero de proporciones épicas. Los ciudadanos ya no podían retirar dinero de sus cuentas de cheques y de ahorro, lo que provocaba disturbios y saqueos generalizados. Cuando el presidente pidió a sus militares que intervinieran para restablecer el orden, estos se negaron. Inmediatamente después, De la Rúa se vio obligado a huir para salvar su vida en helicóptero desde la azotea del palacio presidencial.
 
Situaciones similares se desarrollaron durante los levantamientos revolucionarios en Georgia (2003) y Ucrania (2004), y más recientemente en Túnez (2010) y Egipto (2011), durante la Primavera Árabe. Después de que los militares en cada uno de esos países hicieron saber que no se silenciaría a los manifestantes, los presidentes se vieron obligados a dimitir. En la propia Venezuela en 2002, el presidente Hugo Chávez fue momentáneamente expulsado del poder después de haber ordenado a los militares que sometieran violentamente una manifestación masiva. Los soldados se negaron a obedecer, y en cambio, muchos participaron en el complot golpista para derrocarlo.
 
Los procesos políticos no son nunca exactos, y no pueden ser previstos de la misma manera que un experimento controlado, pero podría pensarse que la situación se acerca a un final similar. Los militares venezolanos tendrán que sopesar sus opciones, a la luz de dos posibilidades importantes.
 
Si los militares participaran en una represión violenta, tal situación los pondría en una posición vulnerable si el presidente termina cayendo por otros medios. Un nuevo gobierno probablemente llegará al poder, lanzará investigaciones sobre derechos humanos y juicios contra los perpetradores, poniendo en peligro la carrera de muchos oficiales.
 
En un escenario distinto, el gobierno de Maduro se sostiene, pero el ejército está dividido por el conflicto dentro de sus filas. Muchos oficiales de rango medio o inferior en Venezuela no solo están ideológicamente menos comprometidos, sino que tienen menos privilegios económicos.
 
Podrían simpatizar fácilmente con la difícil situación de millones de venezolanos ordinarios. Es de estas filas que han surgido los últimos grupos militares rebeldes. Si estos elementos rebeldes crecen, pueden llegar a los golpes con los leales, colocando en peligro la cohesión de los militares y poniendo en aprietos de cualquier manera la base que sostiene a Maduro. De cualquier manera e independientemente de lo que suceda, no hay mal que dure cien años.

¿Por qué consideramos algunas ocupaciones "masculinas" y otras "femeninas"? Una nueva investigación arroja luz sobre cómo asignar empleos de esta forma nos afecta a todos, incluidos los hombres. 

 

La investigación y las historias de los medios abundan con ejemplos de cómo los estereotipos de género juegan en contra de mujeres que podrían ser líderes. Es menos probable que una mujer gerente sea tomada en serio por las personas que trabajan para ella. Cuando los hombres dirigen a los demás, a menudo se asume que son asertivos y competentes. Pero cuando las mujeres dirigen a los demás, a menudo no les gusta y se les llama abrasivas o mandonas.

 

Un nuevo estudio de la Universidad de California pone un giro en esta narrativa común. Y concluye que el sesgo de género no sólo actúa en contra de las mujeres, sino que también puede afectar a los hombres. ¿La razón? Hasta cierto punto muy lógica, es que no sólo se está estereotipando a hombres y mujeres, también se están estereotipando trabajos y profesiones.

 

Muchos empleos en la economía son estereotipados en función del género. La lucha contra los incendios es pensada como un trabajo específico para el hombre, mientras que la enfermería “es un trabajo de mujeres”. Estudios previos han demostrado que estos estereotipos, que conforman nuestras expectativas sobre si un hombre o una mujer es un mejor "ajuste" para un trabajo determinado, son poderosos porque pueden sesgar toda una serie de resultados de empleo.

 

Por ejemplo, influyen en las posibilidades de que un hombre o una mujer apliquen para el trabajo en cuestión, en que puedan ser contratados, en el pago, e incluso en las evaluaciones de rendimiento que determinan los ascensos.Cuando los estereotipos de género se apegan a un trabajo, esto sesga la autoridad que las personas atribuyen al hombre o a la mujer que pasa a trabajar en esa posición. De esta manera, los hombres experimentan prejuicios negativos al trabajar en posiciones que otros asocian con las mujeres.

 

Los resultados demuestran que, cuando los hombres se desempeñan en un trabajo gerencial que las personas asocian con un hombre y los estereotipos masculinos, son capaces de ejercer una cantidad sustancial de autoridad sobre los clientes. Pero cuando el mismo trabajo directivo está asociado con una mujer, los hombres que trabajan en esa posición son vistos como fuentes de autoridad significativamente menos legítimas.

 

En otras palabras, el estudio sugiere que estereotipar un trabajo como "trabajo de mujeres"  o como un “trabajo de hombres”, o el aplicar  sesgos sociales similares nos perjudican a todos. Idealmente, deberíamos trabajar en un mundo donde realizamos la labor que mejor se adapta a nuestras habilidades y donde un individuo en una posición de autoridad recibe el mismo respeto, independientemente del género.

 

Si todos podemos apoyar tanto a los hombres como a las mujeres que trabajan en roles atípicos de género, quizá y sólo quizá, podamos superar la base de estereotipos de género arbitrarios y pasados de moda.

Algunos estadounidenses y miembros del Congreso han pedido la destitución del presidente Donald Trump. Latinoamérica puede arrojar luz sobre un proceso complejo. 

 

Cada día son más las voces que de manera oficial, y no oficial, se suman al pedido de destitución del presidente de los Estados Unidos. Si Trump llegara a dejar su puesto vacante por la consumación de un procedimiento así el vicepresidente ocuparía su lugar, pero otras partes del gobierno seguirían sin cambios.

 

De ahí que la polarización partidista puede ser ampliada en el proceso. Muchos estadounidenses ya piensan que el gobierno está demasiado dividido a lo largo de líneas partidistas y que la corrupción ha alcanzado los niveles más altos de gobierno. Estas creencias reducen la confianza pública y la insatisfacción con el gobierno en general.

 

La crisis política actual en Estados Unidos comparte similitudes con los temas políticos de América Latina. Estamos viendo un partidismo radical, la insatisfacción pública, y un pobre desempeño del gobierno. Dado que sólo un presidente de los Estados Unidos ha dejado el cargo debido a actos ilícitos, los ejemplos de América Latina pueden dar alguna perspectiva.

 

Una impugnación inherentemente política que se haga más para castigar a los enemigos que para limpiar las instituciones sería un error. Eliminar a un presidente puede ayudar, pero una limpieza real requiere más esfuerzo. Tomemos como ejemplo el caso de Guatemala. Aunque no fue un impeachment como tal, para atajar la raíz de la corrupción en septiembre de 2015, el entonces el presidente guatemalteco Otto Pérez Molina fue obligado a dimitir ante las masivas protestas populares. Fue implicado en una investigación sobre la corrupción en las aduanas nacionales, para lo cual fue arrestado al día siguiente de su dimisión.

 

También había sido acusado de aceptar sobornos de una empresa española a cambio de otorgarle un lucrativo contrato a largo plazo con el gobierno de Guatemala. Una elección se llevó a cabo poco después de la renuncia de Pérez Molina, y  Jimmy Morales, un comediante de la televisión sin experiencia política, ganó la presidencia sobre una exprimera dama.

 

Después de su primer año en el cargo, que los opositores han ridiculizado como "ineficiente", Morales también se enfrenta a un escándalo de corrupción que involucra acusaciones de que su hijo y su hermano han tenido tratos fraudulentos con una agencia gubernamental. Hasta aquí el proceso y sus “cambios”, dejaron mucho que desear.

 

Vemos un fracaso similar en Brasil. La expresidenta Dilma Rousseff fue enjuiciada en 2016 en medio de una investigación anticorrupción. Ya había investigaciones pendientes de corrupción contra 37 de los 65 miembros de la comisión parlamentaria de acusación, pero ninguno de ellos fue retirado de su cargo. No es de extrañar que el enjuiciamiento de Rousseff pareciera a muchos inspirarse en el sexismo, más que en los esfuerzos de lucha contra la corrupción.

 

El reemplazante de Rousseff, el presidente Michel Temer, fue acusado de delitos relacionados con la corrupción en junio de 2017. Sin embargo, el partido político de Temer y sus aliados controlan la mayoría del Congreso y el presidente del Congreso es un aliado de Temer. Es improbable que se lleve a cabo un juicio político formal, y más improbable aún que se den cambios en el sistema político como tal.

 

Resumen: los problemas con la gobernanza rara vez se arreglan al ir tras un presidente impopular o corrupto si se permite que los problemas institucionales fundamentales continúen sin control. El trabajo duro de exigir transparencia de manera más general puede ayudar a llegar a la raíz del problema. El progreso en Guatemala ha sido impulsado por una comisión internacional de lucha contra la corrupción que ha ayudado a los funcionarios locales a iluminar las irregularidades oficiales en todos los niveles del gobierno.

 

En última instancia, el uso de canales legales para mejorar las instituciones políticas, en lugar de centrarse en un solo político malo, puede mejorar el estado de derecho.

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