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Tacita de Plata

Literatura guatemalteca escrita por mujeres y la posguerra, desde Jessica Masaya

Esta entrevista se realizó el día 11 de septiembre del 2018; la primera etapa de la entrevista forma parte del Seminario de Literatura Guatemalteca de Rodrigo Villalobos con el título «Los roles femeninos en la narrativa de Jessica Masaya Portocarrero» (Departamento de Letras, FAHUSAC, 2018).

En búsqueda de mujeres escritoras de la posguerra guatemalteca con vocación particular por la narrativa, me encontré con el texto Diosas decadentes (Editorial Cultura, 2000), un compendio de cuentos de la autora, y ahora periodista, Jessica Masaya, conjunto de textos que me llamó la atención por dos motivos: el primero es que fue el texto ganador del Certamen Permanente 15 de Septiembre que premia año con año el Ministerio de Cultura y Deportes; el segundo, y más importante, desde la primera página me pareció una mujer alejada de las tendencias literarias comunes de posguerra, hablo directamente del ‘realismo sucio’ y esas manifestaciones literarias apegadas al sexo, la misoginia, las drogas, lenguaje escatológico y la visión trágica-depresiva de esos personajes comunes en la narrativa de la época que van de lo cotidiano a lo ridículamente lamentable.

En textos como «Diosas decadentes», «Aquel fin de semana» y «La malabarista», Masaya confrontó el contexto de la posguerra con la clase media guatemalteca promedio, a su vez, sus personajes femeninos se veían en situaciones con crítica severa al entorno machista tradicional y mostraban nuevas posturas sin estar explícitamente argumentadas por olas del feminismo, verdaderamente una voz femenina con fortaleza y coraje, alejada del conformismo narrativo que imperaba en aquellos días. De esa manera, me terminé acercando a su siguiente texto, El club de los aburridos (Magna Terra Editores, 2007), donde una Jessica Masaya golpeada por la rutina decide sacar de lo genuinamente habitual al lector y untarlo de actividades posibles en la cercanía de la urbanidad, sin duda, maravilloso en su estilo.

A los días, tuve el agrado de sentarme con ella a la mesa, en la comodidad de su apartamento, alcancé a comentarle mis inquietudes respecto a su obra y su manera de crear aquellos mundos urbanos con mujeres tan femeninas como imponentes de carácter y sentido autocrítico. Esto fue lo que conversamos:


Rodrigo Villalobos: ¿Recuerdas cómo era Guatemala antes de la Firma de los Acuerdos de Paz? ¿Cómo se vivía en aquella época?

Jessica Masaya: Yo viví los años universitarios antes de la Firma de la Paz en la Universidad de San Carlos, durante 1991. Podías estar metida en algún movimiento político o revolucionario, en realidad, era casi igual que hoy, la violencia y la pobreza era igual. Ahora lo que a mí me tocó vivir sí era diferente porque estamos hablando de los últimos seis años del conflicto que ya se habían vuelto una etapa política, entonces, cuando entrabas a la San Carlos sí tenías una etapa política y se te acercaba la gente de la URNG, las cuatro facciones que en ese tiempo ya se llevaban bien, porque en ese tiempo de la guerra ellos se dieron cuenta que necesitaban cantidad más que calidad, al inicio que te reclutaran era bien complicado, porque debían estar seguros que no eras un oreja, en cambio, en esos años el reclutamiento era más abierto. Yo hacía política estudiantil en la San Carlos y supongo que ya para nadie es un secreto que la URNG y sus cuatro facciones tenían influencia en la AEU y en todas las asociaciones de estudiantes. Yo creo que para nosotros como estudiantes que participamos en política los Acuerdos de Paz sí fueron un tema muy fuerte. Creo que mucha gente pensaba que los acuerdos no se iban a firmar y mucha gente quería que el conflicto se extendiera, porque había muchachos jóvenes idealistas que pensaban que la guerra no había logrado los objetivos que se había planteado, de parte de la guerrilla. Y es que en los años anteriores de 1980, sí había habido triunfos revolucionarios bastante notorios, hasta antes de 1990; entonces todavía había gente que tenía ese sueño, que la revolución triunfara de esa manera.

Yo creo que fue una derrota negociada pero por lo menos, no hubo una derrota humillante. Los años previos a la firma de la paz fueron muy convulsionados. Yo estudiaba letras los sábados y entre semana estudiaba teatro y trabajaba, pero después me di cuenta que el teatro no era lo que yo pensaba, es decir, la UP obviamente se centra en la actuación en el escenario, en cambio a mí lo que me gustaba eran otros aspectos, especialmente el texto y lo técnico, pero sí tenía la obligación de actuar, y ahí descubrí que tengo pánico escénico. Entonces, estuve solo un año y pasé solo a estudiar letras. Lo que yo vi en la UP es que hay gente que tiene sueños artísticos y es zapatero, panadero, mesera, ahí en la UP tienen la opción que las clases inician al salir de trabajar. Lo que más se conoce es el teatro, pero hay muchas más cosas marimba, corte y confección…, pero en cuanto al ambiente político, creo que la gente siempre está metida en su propia realidad. Ya no había muchos ataques de ninguno de los dos bandos, entonces ya era un tema que se estaba sustituyendo por otras cosas, como la era democrática y las negociaciones.

RV: ¿Cómo viviste ese parteaguas dentro del arte entre una época y otra?

JM: Había mucha gente haciendo arte antes de la firma, pero la guerra nos dejó una secuela muy triste que era el miedo a hablar sobre ciertos temas, porque podía ser peligroso por las represalias, y creo que ese fue el mayor cambio que yo vi, fue gradual, pero sí existió. La temática fue un cambio de un antes y después. Pero también hay algo muy interesante, que justo cuando hay una guerra, hay gente que le da la espalda o la invisibiliza, en la literatura pasó. Yo venía de admirar gente como el Bolo Flores, Mario Roberto Morales y toda esta gente que aun estando dentro del conflicto se atrevieron a escribir, me gustó mucho que usaron su literatura para evidenciar algo. En cambio, hubo un grupo de escritores que al revés, ellos no reconocían a esta generación que hasta murió por esta lucha, ellos decían que no les importaba que no tenían nada que ver, te estoy hablando de los X. A mí no me gustan los grupos, para nada, y yo no sabía qué era lo que iba a hacer, si alguna vez iba a publicar, entonces un día estaba leyendo el periódico y estaban los X, hablando que ellos no tenían nada que ver con la guerra que eso ya era del pasado, etc…, pero yo tenía amigos que habían muerto, que habían quedado heridos y estaban muy frustrados; y yo decía “ellos por qué no tienen una parte en el periódico y que alguien les ponga atención”, ahí fue donde yo me decidí y escribí un cuento que no está publicado, solo en una antología de la Fundación Mirna Mack, el cuento es Razón del heroísmo.

Jessica Karyna Masaya Portocarrero, escritora y periodista guatemalteca. Estudió Letras en la Facultad de Humanidades de la USAC. Ganadora de distintos certámenes de cuento a nivel nacional. Sus obras más relevantes son «Diosas decadentes» (Editorial Cultura) y «El club de los aburridos» (Magna Terra Editores).

RV: ¿Has percibido cambios en los roles de las mujeres después de la Firma de los Acuerdos de Paz, tanto en ámbito social como en la producción literaria?

JM: En los noventas cuando yo estaba en la universidad ya había un grupo feminista, Sandra Morán era una de ellas. Pero como la política todavía giraba en torno al hombre, eran muy mal vistas. Yo después de los acuerdos seguí estudiando en la universidad, porque me atrasé, y sí vi que hubo un cambio en el sentido que había mujeres que participaban en política, sin necesidad de llevarle el juego a los hombres; es decir, antes yo veía que todos los políticos eran hombres y si una mujer intentaba ponerse al lado de ellos, la desprestigiaban y la atacaban. Con el tiempo ya no existía peligro de hacer política, entonces ya más gente de todo tipo empezó a participar, por ejemplo, en la asociación empezaron a haber más mujeres que hombres, al inicio eran parejas de alguien pero después empezaron a acercarse por sí mismas. Yo no solo estudiaba en la San Carlos, sino también trabajaba en la Facultad de Odontología, entonces me di cuenta que el espíritu era diferente en los dos mil, era más de “mujeres al poder” quizá al inicio más de palabra que de acción, pero es importante mencionar que ya existía una intención.

Y en el arte, creo que aún antes de la Firma de la Paz, había mujeres participando, no tanto como los hombres, pero sí había. Después de la firma eso creció un poco más, igual que en la política, la situación se relajó un poco y los temas eran más libres. Creo que hubo un cambio. La guerra fue machista y cuando eso terminó las mujeres fueron entrando un poco más.

RV: ¿Cómo te fuiste involucrando en el medio literario?

JM: Yo tenía mucha inseguridad, estudiaba letras y escribía. Tenía amigos poetas más que todo. Pero publicar no era mi fin, ahora la gente lo mira como una carrera “voy escribir y vender mil ejemplares y de eso voy a vivir”, era diferente. Finalmente pasó lo de este cuento del Mirna Mack que yo lo metí al concurso, sinceramente, sin pensar en nada. Incluso, me mandaron la invitación a la premiación y yo no fui, porque pensé que no había ganado, pero simbólicamente ese premio para mí fue un gran reconocimiento, porque los jurados eran escritores importantes. Esa fue la primera vez que me consideré escritora y eso me abrió puertas. Entonces lo mío fue por medio de concursos, en la facultad gané un par, y luego, el centroamericano, que fue el que me abrió muchas más puertas incluso en el periodismo. Yo sé que hay personas que no lo hacen así, pero lo mío sí fue por medio de concursos, incluso con el centroamericano llegué a publicar un libro. Yo nunca pensé hacer periodismo, yo solo estudiaba letras, la carrera es preciosa, pero cuando me gradué me di cuenta que no tenemos campo de trabajo, yo no quería ser profesora en aquel momento, y tampoco quería ser correctora. Fidel Celada tenía un fanzine que se llamaba El supositorio, y me dijo que escribiera para su revista, ahí fue donde empezaron a salir los cuentos de El club de los aburridos. Con el tiempo, Fidel fue subiendo hasta que llegó a ser editor de Magazine 21 y me ofreció trabajo para escribir en la revista, me hizo un examen, lo gané. Algo que también me ayudó, porque ser periodista y escritor va de la mano, tradicionalmente, al escritor no le queda de otra que trabajar de periodista.

RV: ¿Consideras que te costó por ser mujer, o que tras la Firma de los Acuerdos de Paz, tanto hombres como mujeres tuvieron las mismas oportunidades para publicar?

JM: Yo pienso que ni antes ni después publicar es fácil para mujeres y hombres, ahí pienso que no es cuestión de género. He visto que hay muchísimos libros publicados de mujeres, pero mujeres que pueden pagar sus ediciones. Va más por la cuestión económica, hay mujeres que no son escritoras pero tienen las posibilidades para hacerlo y hablo de ediciones muy lujosas. Esto lo hablaba con Gerardo Guinea de Magna Terra, a él le llegan señoras de mucho dinero que quieren su libro, incluso, hay una señora que hasta lo pide perfumado, entonces, como esa señora hay varias. Antes las mujeres de dinero que no tenían nada que hacer estudiaban letras porque era una forma de cultivarse o de tener un título, hay una generación de señoras que son letradas con dinero y han hecho una carrera literaria rara. En cambio, el verdadero escritor que no tiene los medios económicos está peleando por hacer una buena obra transgresora y le cuesta. Antes de la Firma de la Paz publicar un libro era así como “¿qué?, ¿quién te va a publicar un libro?” solo que fueras ya muy renombrado, por eso apareció Editorial X, porque urgía una manera de que la gente los leyera. Yo tenía compañeras en la facultad que escribían, después de la Firma de la Paz, pero existía el mismo problema, aun cuando se supone que letras debería ser un medio bien relacionado con este tema.

La verdad sigue siendo una hazaña publicar en Guatemala.

RV: ¿Qué autoras y temas podías notar que eran relevantes en la literatura de los primeros diez años de la posguerra (1996-2006)?

JM: Curiosamente ahora que lo pienso en La X había una sola mujer que era Jacinta Escudos y es salvadoreña. En la facultad estaba Adelaida Loukota era poeta y sus temas bastante amorosos, no políticos. Mildred Hernández, Delia Quiñónez, que es mucho más grande que yo, pero estaba publicando durante la época. Los temas de las mujeres en esa época eran muy eróticos, a mí me pareció curioso que el primer tema que se agarró fuerte fue el erotismo y las drogas o el mundo underground, pero después comprendí que tenía que pasar cierto tiempo para retomar el tema de la guerra. Con el tiempo surgieron las mujeres que están ahora Vania Vargas, Lorena Flores, Denise Phé-Funchal que es todavía bastante reciente. Alejandra Flores la hija del Bolo Flores estaba escribiendo antes de la Firma, ella es más grande que yo, su poesía es muy buena, pero no siguió escribiendo. Alejandra es psiquiatra y yo creo que sus temas son interesantes porque habla mucho de locura y delirio, ella es mi amiga, pero antes de ser mi amiga me encantaba su obra, era una literatura muy oscura. La vida de ellas es muy interesante, porque el Bolo se llevó a sus hijas al exilio, en su obra se lee cómo era la vida del exilio en México. Alejandra estudió en la UNAM, pero le costó un montón. Después regresaron, yo me imagino que ser hija del Bolo no fue cosa fácil.

En 2009 o 2010 hicimos un grupito que se llamaba Las canelas finas, pero fue espontáneo, participaron: Rosa Chávez que tiene una visión maya/indígena muy orgullosa de sus raíces; Lucía Escobar que es periodista, pero tuvo sus intentos literarios; Claudia Navas que también es periodista y poeta; Regina José Galindo que hace performance pero se inició como poeta. Este grupito me gustó porque cada una venía de diferentes lugares e historias, pero Guatemala es muy pequeña y fuimos a coincidir a un mismo lugar, teníamos muchas cosas en común, entre esas todo lo que habíamos pasado para llegar a tener una voz. A la fecha somos amigas pero no un grupo, porque seguimos creciendo y evolucionando.

Edificio S-4 de la Facultad de Humanidades dentro del Campus Central de la USAC, lugar donde Jessica Masaya se inspiró y ambientó algunos de sus primeros relatos que salieron ganadores del Certamen Permanente 15 de Septiembre en el 2000, bajo el título de «Diosas decadentes». La fotografía proviene del blog personal de Jessica, En la mitad de la vida.

RV: ¿Tú crees que los personajes de los hombres escritores de posguerra reflejan nuevas masculinidades o se despegan del concepto machista que ha sido inculcado en la sociedad?

JM: Es que la verdad los X son niños del grunge, los hijos de Bukowski, y no eran nuevas masculinidades para nada. Ellos querían visibilizar cosas que ellos creían que no eran visibles como ser borracho y misógino, pero no era algo nuevo y era una herencia, aunque ellos no lo querían aceptar era una herencia de los escritores machistas que hemos tenido por siempre. Como te decía hay cosas que no estaban bien y no nos dábamos cuenta, porque la literatura siempre ha sido la visión del hombre, había que tener una sensibilidad muy profunda para caracterizar a una mujer de una manera creíble, por ejemplo, las mujeres de las novelas del Bolo Flores no me gustan porque yo sé que era machista y no tenía esa habilidad de hacer creíble el personaje, entonces ese es uno de los impulsos que tiene uno como escritora. Yo nunca he leído un hombre que diga “le pegué y eso estaba mal” o “tengo un mejor trabajo que ella que es igual de capaz que yo”, yo creo que no se dan cuenta. Debería haber un grupo de escritores feministas, pero no lo hay. Nunca llegan a comprender a las mujeres para poder caracterizarlas.

Una visión igualitaria la encontré en algunas mujeres como en Mildred Hernández, me gustaba que era una mujer contradictoria, que sí había crecido en el machismo, siendo sumisa, pero sabía que había algo más después. Ana María Rodas que escribe cuando la sexualidad era algo todavía muy, muy oculto y tabú. Pero las mujeres de los setenta que tenían un conflicto entre ser mujeres-madres-amantes o mujeres buenas o mujeres malas, había un conflicto muy fuerte, y Ana María Rodas lo visibilizó, ella lo tomó como una revolución propia.

RV: Hablando del tu producción literaria, ¿qué motivos te llevaron a escribir Diosas decadentes?

JM: Es una historia rara, nunca pensé escribir un libro para ganar un concurso y publicarlo, al principio el libro iba a ser una novela, pero mi gran deuda ha sido esa, y no todavía si voy a lograr ser novelista. El cuento con el que abre el libro, que lleva el mismo título del libro, pensaba que sería el punto de partida de algo mucho más grande; y hablando de la San Carlos de los noventa, cambiaban muchas cosas en la vida social y en el comportamiento de las mujeres, además venía de una educación religiosa y al entrar a la U veía a esos grupos mujeres como algo a lo que quisiera pertenecer o «yo quiero ser así» porque las admiraba.

RV: ¿Para qué clase de público va pensada tu obra?

JM: Trato de no pensar en para quién va dirigido, para no obtener censura de ningún tipo, tampoco pienso en que le llegue a gustar a alguien en particular, es más bien un homenaje a un grupo de mujeres. Sin embargo, la gente se escandalizó mucho al recibir este libro de Diosas decadentes, pero es lo que yo vivía a diario en el tiempo que iba al campus de la U y para mí era lo normal.

RV: ¿Tuviste algún referente histórico o literario al escribir tu segundo libro, El club de los aburridos?

JM: No, ninguno. Con el primer libro fue muy experimental, era muy niña; en el otro entraba a un momento muy oscuro de mi vida, en ese lapso de apenas diez años. Simplemente me dieron una columna que se llamaba El club de los aburridos y estaba aquel ambiente de drogas y no me llené de ningún autor particularmente. Yo quería hacer algo distinto, me inspiraba más el cine, como el caso de la película de El verano de Sam, de la cual hago referencia en el cuento que lleva el nombre de «El invierno de Sam».

RV: ¿Consideras que tu obra ha influido sobre algún público o tendencia en la actualidad?

JM: Creo que aunque no lo quieran aceptar, he visto que algunas chicas tras leer lo que yo he escrito toman valor para tratar temas complicados con mayor arrojo y apropiación; a como yo lo veo, lo mío es más influencia de actitud que de tema literario.

RV: Si hoy en día tuvieras que reescribir tu obra, ¿qué le cambiarías?

JM: Me pasa con Diosas decadentes que veo muchas comas y me dan ganas de quitarle muchas de ellas para que sea más fluido porque quien trabajo la edición le colocó más de las que yo quisiera, pero de contenido nada. Me gusta lo que hallo en mis libros, a veces lo leo y me divierte la inocencia del texto que leo, pero no lo cambiaría; me he preguntado qué pasaría si alguien escribiera El club de los aburridos versión 2018, con redes sociales e internet porque el aburrimiento siempre nos persigue, pero en realidad creo que los libros son como los hijos y son perfectos tal cual están.

RV: ¿Qué opinión te merece el empoderamiento de la mujer en la actualidad desde tu perspectiva?

JMPues estoy fascinada, en mi faceta como periodista me he topado con el tema de la lucha de las mujeres, me he visto incluso superada. Veo cómo se tratan temáticas como el aborto con pros y contra. Ahora la radicalidad es muy común, hay opresión también en todo, y veo a las feministas de 24 horas y aunque no comparto, las admiro. Yo tengo muchas amistades machistas y amigas super conservadoras, yo pienso que ellos pueden aportarme algo y de igual manera yo a ellos. En mis tiempos nunca se tocaban temas como lo del aborto o la homosexualidad y ahora se ha quitado el tabú, existe menos censura. Tal es el caso de mi cuento «Ellas», que está basado en una historia real donde tenía una amiga con ese confrontamiento de su homo-bisexualidad, que por cierto no le gustó a pesar de que fue ella quien me pidió que escribiera su situación.

RV: Y por último, ¿qué opinas del «lenguaje inclusivo»?

JM: Yo pienso que la Real Academia es un árbitro que pone orden al caos, y el lenguaje tiene poder propio. Creo que en algunos casos es bueno ser ‘inclusivo’, pero no hay que generalizar. Hay un ejemplo de «niños y niñas» donde les dicen en un aula que «todos los niños son buenos» y luego les piden que «todos los niños buenos pasen al frente» y solo pasan al frente varones, lo veo interesante y con preocupación, ya que las niñas no se sienten parte de ello desde pequeñas. Yo apoyo la inclusividad del género femenino, las estructuras deben evolucionar de manera adecuada y deben saber que, por ejemplo, hay ‘presidente’ y ‘presidenta’, en cargos públicos. A mí me encanta escribir bien pero no por ello voy a sacrificar tampoco mi idioma. Ojalá hubiera un congreso de hispanohablantes para ponerle fin a este tipo de disputas de lenguaje.


Luego de la entrevista, Jessica Masaya me compartió unos minutos más de su tiempo para comentarme sobre sus nuevos proyectos que van de lo periodístico, en SOY502, a la literatura infantil. Más recientemente, presentó su último libro, con el título Detrás de la cortina (Editorial Santillana, 2018), una novela infantil con ilustraciones y un tono expresivamente simbólico sobre lo que significa la pelea de la vida como niño y el llamado de atención al mundo de la infancia.

Portada del libro infantil «Detrás de la cortina» de Jessica Masaya Portocarrero.

Agradezco a Jessica por su tiempo y disposición para la entrevista, pues su calidad humana y su profesionalismo hacen de ella una escritora, periodista y mujer ejemplar; su carrera ha tomado nuevos rumbos y proyectos en lo literario y los insto a seguirla en su blog titulado En la mitad de la vida, o solamente como Jessica Masaya (http://jessicamasaya.blogspot.com/), y a leer sus maravillosos libros.

 

*Un agradecimiento especial a Génesis Ramos, quien traslado a texto la primera parte de esta entrevista.

**La imagen principal para esta nota es la fotografía de la segunda edición de su libro «Diosas decadentes», que incluye su autógrafo.

***Este artículo contiene fragmentos de una nota publicada anteriormente en Revista La Fábri/k/ el 24 de noviembre de 2018, cuya redacción es autoría del periodista Rodrigo Villalobos Fajardo.

Escritor, editor, periodista, gestor cultural, investigador archivista, profesor de lenguaje, comunicador y tallerista. Nació en Ciudad de Guatemala en 1992. En 2011 creó su blog "Tulipanes de plástico", donde expone poemas, ensayos y cuentos de su autoría. Formó parte de las antologías «Frente al silencio -Poesía-», «Antología poética 20-30» y «Antología del Bicentenario de Centroamérica». Ha publicado los libros «Poemas de un disquete» (2017) y «Tulipanes de plástico» (2018). En la actualidad, finaliza sus estudios de la Licenciatura en Letras en la USAC; está a cargo de la editorial "Testigo Ediciones"; colabora como columnista y redactor para varios medios digitales; es profesor de enseñanza media de comunicación y lenguaje; además, dirige y trabaja en proyectos de artivismo y memoria histórica.

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