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Tacita de Plata

El patrón de Totonicapán, San Miguel Arcángel

Totonicapán es un lugar extraordinario, iniciando con el carisma de su gente, la belleza de sus paisajes y ante todo, la riqueza cultural de sus tradiciones orales.

Puede ser que la más significativa de esos parajes en donde las estrellas del cielo se pueden tocar con las manos, sea la leyenda de la aparición de San Miguel Arcángel, patrono de la cabecera departamental.

Sobre dicha leyenda hay dos versiones, las dos tienen a los mismos personajes y lugares en común. Puede ser que la primera de ellas, fuese la forma en que se haya podido encumbrar en el corazón de sus habitantes al patrono de la localidad.

Cuentan que durante la época colonial, en las llamadas cuevas de San Miguel, fue hallada la imagen de San Miguel Arcángel, dicho hallazgo fue catalogado cómo milagro por los habitantes del lugar, los mismos cargaron la imagen al centro del pueblo y lo entronizaron en la iglesia local.

Al otro día de dicho acontecimiento, al llegar a la iglesia se percataron que la imagen había desaparecido, por lo que iniciaron a buscarla, hallándola nuevamente en las cuevas donde fue localizada antes.

Con la misma alegría volvieron a trasladar al Arcángel a la iglesia del pueblo, sin embargo, seguía desapareciendo y lo volvían a encontrar en las mencionadas cuevas.

Fue entonces que uno de los ancianos del lugar, dijo que debían hacerle “la costumbre” a San Miguel antes de llevárselo a la iglesia y que en aquel lugar, se debía seguir ofrendando para que San Miguel protegiera a Totonicapán y se quedará en la iglesia.

Así lo hicieron los habitantes de aquella época y celebran el 8 de mayo de cada año, la aparición de San Miguel y su estancia final en la iglesia. La otra versión cambia en algunos actos de la narración, por ejemplo, en ella San Miguel ya se encuentra dentro de la iglesia de la localidad.

La leyenda dice que hubo un gran incendio en la iglesia, los vecinos de Totonicapán luchaban con todas sus fuerzas para apagar las llamas y evitar perder los tesoros de su fe.

En medio de la desesperación y de ver como las llamas devoraban la iglesia, los ojos de los vecinos observaron con asombro cómo la imagen de San Miguel salió volando de la iglesia y se perdió en los aíres con rumbo al sur de la ciudad.

La tristeza embargó el corazón de los vecinos de Totonicapán, pues perdieron su iglesia y la imagen de San Miguel se fue junto con los aires. Años después, ya con la iglesia reconstruida, unos pastores en el sur de la ciudad, en unas cuevas encontraron a la imagen de San Miguel Arcángel, lo que  desató la alegría y la fiesta en su comunidad.

San Miguel regresaba a su iglesia un 8 de mayo. Es por eso por lo que se celebra en mayo la aparición de San Miguel. Siendo una fiesta mayor para los vecinos de San Miguel Totonicapán. San Miguel Totonicapán es la ciudad prócer, ahí nació el movimiento de independencia, la llama de la libertad ardió ahí primero, por ello y por su gente, sus tradiciones y paisajes, Totonicapán es un orgullo de Los Altos.

San Miguel Arcángel, conocido y venerado en muchas tradiciones cristianas como el protector y el guerrero espiritual contra las fuerzas del mal, tiene un lugar especial en el corazón de los habitantes de Totonicapán, bajo la advocación de San Miguel Aparecido. Esta forma de venerar a San Miguel resalta su aparición milagrosa y su papel como un signo de salvación y protección divina.

El 8 de mayo, al celebrar a San Miguel, reafirmamos nuestra fe en la presencia y el auxilio de los ángeles en nuestra vida cotidiana. La historia de San Miguel, particularmente su aparición en las cuevas de San Miguel, nos enseña sobre la cercanía de Dios a través de sus mensajeros celestiales. San Miguel se manifestó para señalar un lugar sagrado, dedicado a la batalla contra el mal y a la protección de los fieles, enseñándonos así que los lugares y momentos de nuestra vida están igualmente custodiados por su presencia vigorosa. Esta festividad también nos invita a reflexionar sobre el simbolismo de San Miguel en la lucha entre el bien y el mal.

(1990). Cofundador de Diario de Los Altos. Reconocido dos veces por la Universidad Rafael Landivar con el premio Juan Fernando Cifuentes en prosa y Poesía. Autor Pesadillas de un Espantapájaros (Poesía, 2011); Canto Nocturno (Poesía y Cuento, 2018); Cuentos Embargados (2020, Cuento). Profesor en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco Marroquín.

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